lunes, agosto 31, 2026

Entrerrianos, ¡a las almas!

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Orilla y Media TV

El autor sostiene que los guerreros del mundo niegan la palabra a los pueblos que morirán primero, en caso de una guerra atómica. Y enumera algunos caminos explorados en Entre Ríos en base a tradiciones, creatividad y duras experiencias, que pueden ayudar a revertir la tendencia hacia la guerra. ¿Qué podemos aprender de ecologistas, mensajeros de la paz, asambleas, grupos comunitarios, pueblos ancestrales?

Por Daniel Tirso Fiorotto (*)

En uno de los múltiples puntos de vista posibles y razonables, frente a las zozobras de la vida en las Tierra, veremos que la comprensión más lúcida floreció en Paraná, Entre Ríos, cuando un grupo llamado Pacis Nuntii (mensajeros de la paz) supo colocar como prioridad excluyente la paz.

Paz sin peros, paz sin reticencias; paz, que lo demás se dará casi por añadidura.

Una decena de estados-nación amenazan hoy con la extinción de la vida, y en especial de las poblaciones impreparadas (como la nuestra) para enfrentar la catástrofe. Entonces el Movimiento Pacis Nuntii se torna un modelo, con su voz serena de alerta. Ninguna idea, ninguna obra de arte, ningún debate, ningún descubrimiento, tiene sentido alguno si no frenamos la carrera hacia la destrucción.

Con fuerte arraigo en Santa Fe y Paraná, a dos bandas, y participación de varios, especialmente de Eduardo Riera Borri y Mariel Jackeline Giusti, Pacis Nuntii está cumpliendo 40 años de conciencia por la paz, como organización, y este 8 de setiembre celebrará los 42 años de un hito fundacional: la creación de la Bandera Universal de la Paz.

Ese emblema nos llama a la armonía, la amistad, la unidad por encima de fronteras de cualquier tipo; a inclinarnos ante la maravilla del universo, es decir: está en las antípodas de la tendencia actual.

Hoy el vicio de las élites se nota más que nunca. Las probabilidades de conflagración atómica se multiplican y nadie ha podido demostrar que una guerra de misiles con ojivas nucleares pueda ser acotada. Es posible que la destrucción mutua esté asegurada, y esa sola posibilidad llama a la precaución. Por las dudas, ¡no! Por las dudas, tenemos la obligación de desescalar el armamentismo, de liquidar paulatinamente los arsenales atómicos.

¿Somos cómplices?

La tensión tectónica actual es alarmante en la política. Esa acumulación de energía puede provocar un terremoto por decenas de causas previsibles, y otras insospechadas, y no promete otra cosa que una larga noche de la que no contaremos el cuento.

Las banderas sectoriales y los partidismos pierden cualquier significación, si la tienen, cuando el armamentismo aparece desbocado.

Los guerreros del mundo no se privan siquiera de amenazas nucleares. Y no faltan pretendidos analistas que, en el colmo de la altanería, sugieran que un ataque atómico puede ser limitado, sin admitir que puede no ser controlado, y que el descontrol equivale al apocalipsis. Nunca antes la charlatanería nos expuso ante un riesgo fatal de estas proporciones, y ante una distorsión permanente de las prioridades.

Se nos hunde el Titanic, y estamos viendo cómo presentarnos para quedar indemnes ante la historia. ¿Qué historia?

Las estadísticas son sencillas: basta multiplicar las probabilidades de que dos de las nueve potencias atómicas se bombardeen, y provoquen el desequilibrio necesario para que las demás se involucren. ¿Empezarán Estados Unidos o Rusia? ¿Israel o Corea? ¿Francia, China o Inglaterra? ¿India o Pakistán? ¿Será por territorios, por agua, por alimentos, por petróleo, por otras fuentes de energía?

Si una decena de estados-nación desarrolló una capacidad bélica que puede hacernos estallar por los aires, o ahogarnos en la oscuridad, los demás estados-nación ¿qué deben hacer, para zafar de su actual condición de sometidos y cómplices? Cómplices, claro, por socios y por tibios.

Muchas personas, muchas comunidades, tienen conciencia de la hora crítica; no la tienen los estados-nación.

La humanidad se encuentra ante un dilema de gravedad extrema, y mientras tanto entretenida en asuntos de tercer orden. Los medios masivos de mayor alcance en la Argentina se han vuelto expertos en la trivialidad, mientras las columnas y las vigas que los sostienen (las empresas del capital financiero especulativo y los estados), siguen medrando en la decadencia. ¿Quién es el propietario de las frecuencias? El estado-nación. El espacio aéreo es estatal, y los resultados de este orden estatal son bochornosos, mal que nos pese. Este es un ejemplo para la reflexión de aquellos que aún creen, de manera acrítica, que el estado es público.

Otro ejemplo, mejor aún, está en los arsenales guerreros estatales que pusieron al planeta al borde del abismo. ¿Eso responde al interés de los pueblos, de la humanidad, de la vida, de la conciencia; o al interés de la industria bélica y sus socios banqueros y políticos?

Últimos y primeros

Estados llamados democráticos, o autócratas, o con capitalismo de estado, unidos en un club nuclear enemigo de la vida, pero marcando el ritmo al planeta entero, porque nadie se les atreve: éste es el sistema universal. Y la demostración de nuestra ruina. La violencia extrema se apoderó del planeta, como fruto esperable de una modernidad sin equilibrio.

Los pueblos que no mandan en las grandes capitales han sido desplazados del gran debate, y a veces aceptan en forma pasiva el corral en el que fueron metidos. No cortamos ni pinchamos, pero seremos protagonistas, sí, el día que los vientos nos traigan la muerte y no tengamos siquiera un pocito donde refugiar a nuestras gurisadas. ¿Eso aprendimos de nuestros ancestros?

Somos los últimos a la hora de opinar, y seremos los primeros a la hora de morir. Los victimarios están pertrechados para hacer frente a sus fechorías, mientras nosotros, las víctimas, nos desgastamos en simplezas y solemos apoltronarnos en discusiones importantes pero no prioritarias, al tiempo que conversamos con los victimarios como si fueran pares. ¿Somos, o nos hacemos?

David Gross, premio Nóbel de física en 2004, calcula que el sistema no tiene mucho más de 35 años de vida, porque estamos jugando a la ruleta rusa. ¿En qué lugar del tambor está la bala? No lo sabemos. Tampoco sabemos quiénes y cuántas serán las víctimas, pero no es la primera voz de alerta que la dirigencia política universal desoye con alta ineptitud.

Los científicos atómicos alertaban ya hace décadas sobre la cercanía de una hecatombe. Hace treinta años colocaban las agujas del “reloj del apocalipsis” en un cuarto de hora, hoy las colocan en menos de un minuto y medio. No hay control de armas, no hay definiciones sobre el uso de inteligencia artificial para la guerra, no hay acuerdos ecológicos que frenen y reviertan tanto atropello, y los mayores estados del mundo son gobernados por personas y sectores desprovistos de conciencia por la paz y la salud en la biodiversidad. Estados Unidos, Rusia, China, Europa y la India son primeros en dar jaque al mundo, y en ejercer una escandalosa depredación de la tierra y los océanos, y sus tambores nos marcan el paso. Peor que eso es nuestra resignación. Y no faltan dirigentes que, frente a esa decena de verdugos, se agotan en simpatizar más con unos que con otros, como si se justificara gastar cinco minutos en ver si nos conviene la guillotina, la horca, la cámara de gas, el fusilamiento, la silla eléctrica o un cohete en el traste.

Inclinarse ante el ejecutor

Si no damos marcha atrás en la tendencia actual es poco probable que se pueda evitar una conflagración nuclear en los próximos 50 años. No dentro de medio siglo sino en estos 50 años, es decir: puede ser mañana. Y poco probable que esa conflagración sea acotada. Si empieza, termina en desastre. Los que aún no caímos en las guerras de estos años estamos a tiempo.

Los países que no son responsables de ese absurdo sí son cómplices, cuando tratan como socios o amigos a los estados victimarios (Estados Unidos, Rusia, China, Israel, Francia, Inglaterra, Corea del Norte, India, Pakistán). ¿Acaso esos estados nos han garantizado algo para la supervivencia?

El primer acto soberano debiera consistir en alejarnos de los verdugos. Son los más poderosos, son los más poblados, pero representan sólo el 5 por ciento de los estados-nación del mundo. Los demás podrían generar intercambios para fortalecer la paz, en vez de hacerles la claque. Una decena de estados-nación se adueñó de los océanos para la depredación; se adueñó del aire, la tecnología, el dinero y la energía, y se solaza en la guerra. Ninguno retrocede medio tranco, y el resto de los estados les cede todo el espacio por intereses de momento y por cobardía. Los líderes de los estados con arsenales atómicos deben ser tratados como lo que son: violadores seriales, hasta que demuestren lo contrario. A los verdugos, ni la hora.

Desde 1632

En febrero de 2026 analizamos en este espacio el posible aporte argentino a la paz mundial a través de este título: “Cómo colaborar desde abajo para revertir la escalada armamentista”. Ampliar el espacio, el tiempo y la mirada, involucrar a los países hermanos, dar un paso atrás en los intereses propios para plantar testimonio, aprovechando un problema colonial que cumplirá dos siglos sin solución, y que nos mantiene siempre al borde de la violencia: las Malvinas. Fogonear la paz en cadena.
No fue algo aislado. En 2008 escribíamos en este espacio: “América: en vez de matar, matear”. En 2019: “Malvinas, del frío polar al nido para incubar la paz y la unidad”. En 2025, lo mismo: “Descular y superar el estado de cosas sin morir en el intento”.
No se trata de ideas sueltas, se trata de reconocer el caldo de cultivo para la paz y la armonía que observamos en nuestro territorio, de manera que arranque un círculo virtuoso. La vecindad se conmueve, valora, reflexiona, aporta sugerencias; los mandamás nos ignoran y menosprecian, mientras lustran las botas de los gendarmes del mundo. Pese a todo, nuestro territorio cuenta con precedentes extraordinarios para entrar en la conversación, y aquí vamos a enumerar algunos.

Yasú, una clave

Primero digamos que el territorio de Entre Ríos acordó un siglo de paz (con altibajos pero paz al fin), con los europeos y eso fue puesto de relieve por el charrúa Juan Yasú en un mensaje en guaraní al cabildo de Santa Fe en 1715. Algunos autores subrayan la paz alcanzada entre 1632 y 1750. No es moco ‘e pavo, y estamos por cumplir 400 años de ese acontecimiento notable. Es la paz la que fundó la ciudad de Paraná hace tantos siglos, desde las ranchadas y a lomo de caballo, sin la presencia de jerarcas.

Cualquiera puede buscar en las comunidades de su pago propio algunas respuestas para los graves problemas que atraviesa el mundo actual. “Y estaba donde nací lo que buscaba por ahí”, dice la chacarera. En Entre Ríos esos caminos parecen aceitados; hay que hacer mucho esfuerzo para no verlos.

Pacis Nuntii

El Movimiento Pacis Nuntii (Mensajeros de la Paz) es un ejemplo actual. Lleva más de cuatro décadas alumbrando remedios para los vicios de la violencia y la guerra, y con un símbolo claro: la Bandera Universal de la Paz. Cada día que pasa cobra más potencia esta iniciativa comunitaria. ¿Cuál es la vía? La de la canoa y el remo, abonando el diálogo, la amistad, el amor, surcando miles de kilómetros de la gran cuenca del Paraná. El mundo moderno, tan dispuesto al apuro y las cosas, desatiende esos consejos nobles y sigue exprimiendo a su dios de la violencia, que empieza en los poderes económicos, corporativos, intelectuales o estatales, a veces en confluencia, a veces en aparente competencia, y empapa casi todo.

El segundo ejemplo está en las comunidades costeras de pescadores, que viven el paisaje, lo cuidan, tienen conciencia de la armonía y la difunden. Allí las familias están enlazadas al río, los montes, las islas, con el trabajo silencioso y rudo en las madrugadas, y una actitud para la vida comunitaria en su ADN. También de allí, los viajes largos a puro remo (recordemos a Cosita Romero y Raúl Rocco) para que esas convicciones encuentren eco en otras familias costeras, si la cuenca tiene mucho que decir, y son estas comunidades silenciosas las que mejor escuchan.

El tercer ejemplo, la Asamblea Vecinalista. Allí “nadie es más que nadie”; los problemas más agudos se tratan con hondura y a calzón quitado. El riesgo está en que los sectores políticos turnados en los gobiernos se sientan tentados a usar la disposición asamblearia como válvula de escape para los conflictos; pero las y los vecinalistas tienen el cuero curtido en estas lides y demuestran, lunes tras lunes, que no le aflojan y no esquivan ningún problema, por peliagudo que se presente. Desocupados, maltratados, inundados, prostituidos, enfermos, gente sin casa, gente con hambre, caen a la casa de los vecinalistas en la calle De Bueno y exponen situaciones y pareceres. ¿Se entiende ese camino difícil y comprometido de participación sin partidismos?

El cuarto ejemplo y fundamental en esta línea está en el reverdecer de organizaciones de pueblos ancestrales, de diversas vertientes, contestes todas en el valor supremo de la diversidad natural y cultural, en el vivir bien y buen convivir en sintonía con todos los seres, en la potencia del consenso, en la resistencia contra la colonialidad, y en la lucha contra las diversas formas de racismo y supremacismo. Los pueblos que más sufrieron la violencia responden con ruedas de veneración a la Pachamama, a la Onkaiujmar, al tekó porá, y están diciendo terricidio. Terricidio, tremenda y honda meditación y denuncia por ahora sin eco.

Confederación en serio

El quinto ejemplo, entre las respuestas antiguas a los problemas de hoy, se halla en distintos grupos bien plantados en el estudio de la historia regional, que llaman Abya yala al continente. La mayoría de ellos revisando una historia confederal que ha sido ocultada por los poderes coloniales en los más diversos ámbitos. Confederal, claro, basados en la “soberanía particular de los pueblos en confederación”, meta casi excluyente de la revolución artigueña. Y tiene poco que ver con ciertos personajes que dicen “confederación” hoy día para dar más poder a las provincias privilegiadas durante doscientos años. He aquí un problema bien de esta época: la cooptación de las palabras, el desvío de los sentidos. Los grupos que usan expresiones simbólicas, entrañables para los pueblos, y las tuercen hacia sus propios fines partidarios. Ocurre en la historia como en la ecología. La cooptación de la palabra “confederación” es una estafa.

El sexto ejemplo está en el eco que ha tenido la palabra del papa Francisco en el litoral. Más en las organizaciones de base que en los templos. La encíclica “Laudato si” ha calado hondo en el alma de muchos entrerrianos que dicen “casa común” y defienden la comunidad integrada al río, al monte, con mirada de cuenca; defienden el agua, el suelo, la vida comunitaria. Hemos escuchado exposiciones esclarecedoras en distintas ciudades, con decisiones palpables en grupos ecologistas. En numerosas reuniones se comentan párrafos de esa obra para sostener ideas, sugerencias y reclamos, incluso en los Tribunales.

El séptimo: la Asamblea contra el represamiento del Paraná Medio, inaugural de tantas asambleas. El Foro ecologista y las organizaciones afines, siempre atentas, con investigadores de la “ciencia digna”, que acompañan; numerosos grupos autónomos comunitarios y comités de cuenca surgidos desde la vecindad, buscando permear al poder. Y tantas ruedas de mate en las que la palabra fluye con naturalidad, sin dueños, y manda este apotegma: “ni amo viejo ni amo nuevo: ningún amo”.

No abogamos por un pacifismo insulso, lo hacemos por un despertar con vida, para poder hablar de todo lo demás. “Entrerrianos, ¡a las almas!” es un título inspirado en la prédica del filósofo Flaco Claret, de Gualeguaychú, que convocaba a “la revolución almada” para sanar el río Uruguay, desde el “Movimiento Alpargatista”.

(*) Periodista. Nota publicada en UNO. Se reproduce con autorización de su autor.

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