Por décadas, el Mundial de fútbol fue la gran fiesta popular del deporte, una cita que exigía sacrificios económicos, pero que seguía siendo alcanzable para millones de aficionados. Sin embargo, la Copa del Mundo de 2026, organizada conjuntamente por Estados Unidos, Canadá y México, parece haber llevado esa lógica a un extremo desconocido.
Por Germán Andrés Nobile (*)
Con frecuencia, mis amigos en la Argentina me mandan mensajes por WhatsApp para preguntarme dónde conseguir entradas baratas. Suelen olvidar que el piso para el boleto más económico, especialmente a las puertas del torneo, oscila entre los U$S 500 y los U$S 800, superando holgadamente los U$S 1000 en varios casos. A esto se le debe sumar una infraestructura hotelera y de transporte cuyas tarifas ya se han disparado, en algunos puntos, más del 600%. Uno de los casos y probablemente muy controversial es es el del transporte público de Nueva York: el viaje en tren desde el centro de la ciudad hasta el MetLife Stadium pasó de costar 13 dólares a 100 dólares. Basta hacer la cuenta para notar la magnitud del impacto.
Aquí, en Estados Unidos, el comentario es recurrente tanto entre residentes como entre visitantes: asistir a un partido de la Copa del Mundo se ha convertido en una experiencia más cercana a un espectáculo premium como lo es el Superbowl, que a una celebración popular.
Los precios de las localidades han sido objeto de severas críticas por parte de distintas organizaciones de aficionados globales. En el ojo de la tormenta se encuentra el propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, fuertemente cuestionado por avalar tarifas que muchos consideran prohibitivas. Para esta edición, la entidad implementó un sistema de precios dinámicos —similar al utilizado por las aerolíneas o los megaconciertos—, lo que provocó aumentos constantes a medida que se acerca el torneo. Así, incluso los partidos de la fase de grupos demandan varios cientos de dólares, mientras que las entradas para las semifinales y la final alcanzan cifras de cuatro dígitos.Pero el boleto es apenas la punta del iceberg.
Un aficionado que viaje desde la Argentina -para de alguna manera responder a mis compatriotas – debe encadenar pasajes aéreos internacionales, reservas hoteleras, alquiler de automóviles o vuelos internos, comidas y traslados entre sedes que, en muchos casos, están separadas por miles de kilómetros. Un itinerario relativamente modesto puede superar fácilmente la barrera de los miles de dólares por persona.
La realidad del mercado estadounidense agrega un factor de fricción: el costo de vida base es sumamente elevado. Un hotel de categoría estándar multiplica sus tarifas habituales durante las fechas del torneo, mientras que servicios cotidianos como los estacionamientos, el transporte urbano y la gastronomía representan erogaciones muy superiores a las que están habituados los aficionados sudamericanos.
Paradójicamente, Estados Unidos ya enfrentó estos dilemas al organizar el Mundial de 1994, un torneo concebido para instalar definitivamente el fútbol masculino en un mercado donde el seleccionado femenino —múltiple campeón mundial— siempre ostentó la verdadera popularidad. Sin embargo, detrás de los estadios llenos, aquella edición ya asomaba como un esquema poco práctico e inclusivo.
Hace unos días, conversando con el periodista argentino Pablo Tiburzi, quien cubrió de primera mano aquel Mundial – mas por marketing que por fútbol- , Tiburzi me recordaba precisamente el padecimiento que él mismo padeció, y lo que significaban las distancias y los costos exorbitantes para trasladarse, por ejemplo, entre Boston, Dallas, Chicago y Los Ángeles – más de 6,000 Km en avión – sin contar asistir a la final .
Treinta y dos años después, la paradoja se agudiza al sumar a Canadá y México a la ecuación logística. El aficionado actual no solo requerirá de un capital inmenso, sino que deberá someterse a extenuantes horas de vuelo y a complejos controles migratorios que pueden demandar horas de espera. A esta burocracia – a mis compatriotas argentinos- se le añade un factor extra de fricción en suelo mexicano: una histórica de resentimiento mexicano y encarnizada rivalidad futbolística con la Argentina —alimentada por recurrentes cruces mundialistas con saldo a favor de la albiceleste— que suele trasladarse de las tribunas a las calles, volviendo el ambiente notablemente hostil para los hinchas argentinos.
A este complejo entramado económico y logístico se le añade una capa aún más sombría: el contexto de los conflictos bélicos que hoy sacuden al mundo, principalmente en Europa y Medio Oriente. Para muchos argentinos que presenciaron el Mundial de 1978—y me incluyo—, la cita de 2026 amenaza con despertar un doloroso déjà vu. Nos enfrenta, una vez más, a esa contradicción histórica tan propia de los grandes acontecimientos deportivos: la capacidad de disociar el goce y el festejo por los triunfos argentinos de las tragedias humanitarias que ocurren, en simultáneo y de manera innecesaria, ante nuestros ojos. Una suerte de amnesia colectiva y conveniente en pos del espectáculo.
Quizás el Mundial de 2026 sea el más grande y masivo de la historia en términos de audiencia y sedes. Sin embargo, también corre el riesgo de pasar a la posteridad como el más exclusivo.
Porque hoy, para millones de personas, el problema ya no es conseguir una entrada. El verdadero desafío es, simplemente, poder pagarla.
(*) Criminólogo y especialista en política internacional – Argentino residente en EEUU








