Un presidente no opina. Un presidente representa. Y en los últimos días el presidente Javier Milei eligió romper esa regla básica de la diplomacia: habló en Brasil y habló en Argentina sobre las elecciones brasileras. Apoyó abiertamente al candidato opositor a Lula.
Por Eugenio Jaquemain (*)
Se metió, de lleno, en el proceso electoral de otro país. El problema no es qué piensa Milei de Lula. El problema es que lo dijo siendo Presidente de Argentina. Y eso tiene consecuencias.
¿Qué hizo y por qué es grave?
No fue un retuit. No fue un comentario al pasar. Fue en actos públicos, con micrófono y con investidura.
Milei viajó a Brasil, se sacó fotos con la oposición a Lula y dijo a quién prefiere que voten los brasileros. Después volvió y lo repitió acá. En diplomacia eso se llama «intervención». Y está mal. No porque sea Milei. Estaría mal si lo hiciera cualquier presidente. Cada país elige su gobierno sin que el vecino le diga qué hacer. Es el ABC de la soberanía. Cuando vos te metés en la elección del otro, le das al otro el derecho a meterse en la tuya. ¿Nos gustaría que Lula venga a Entre Ríos a decirnos a quién votar en 2027?
«¿Y no es lo mismo que hizo Lula con Cristina?»
Muchos dicen: «pero Lula vino a visitar a Cristina en su prisión domiciliaria». Y no, no es lo mismo. Una cosa es una visita personal, de un dirigente a otro dirigente, aunque ambos sean presidentes, Lula vino, se sacó una foto, habló de democracia y se fue. No dio discursos en Plaza de Mayo pidiendo el voto por nadie. No se subió a un escenario en Argentina a decir «voten a este o al otro». Lo de Milei fue distinto: es un presidente en ejercicio, usando la banda y el bastón, metiéndose en plena campaña electoral de otro país para decirle a los brasileros a quién tienen que votar. Uno fue un gesto político entre dirigentes. El otro fue injerencia electoral. La diferencia es clave: visitar a alguien no cambia un voto. Decirle a 150 millones de brasileros desde la Casa Rosada por quién votar, sí intenta cambiarlo.
El problema se llama Brasil
Acá es donde la cosa se pone seria. Porque no nos estamos metiendo con cualquier país, nos estamos metiendo con Brasil.
Brasil es nuestro principal socio comercial. Un importante porcentaje de lo que Argentina exporta va a Brasil. Autos, trigo, carne, productos industriales. Del otro lado, también gran parte de lo que importamos viene de Brasil. Repuestos, insumos, maquinaria. Miles de pymes en Córdoba, en Rosario, en Buenos Aires viven porque le venden a Brasil. La frontera comercial entre Argentina y Brasil mueve aproximadamente 30 mil millones de dólares por año. Treinta mil. ¿Y ahora qué? ¿Cómo le pedís al presidente de Brasil, sea Lula o sea otro, que firme acuerdos, que baje aranceles, que destrabe un camión en la aduana, después de que vos fuiste a hacer campaña en contra de él? La diplomacia es confianza. Y la confianza se rompe con un discurso.
El costo lo pagamos nosotros
Milei puede bancarse pelearse con medio mundo. El que no se lo puede bancar es el productor de Entre Ríos que exporta pollo. Es el autopartista de Santa Fe. Es el tipo que trabaja en una fábrica que le vende a San Pablo. Cuando la relación política se enfría, la comercial se enfría también. Empiezan las demoras en la aduana. Empiezan los «controles más estrictos». Empiezan los acuerdos que se cajonean. Y Brasil tiene con qué responder. Tiene mercado interno gigante. Tiene otros socios. Nosotros necesitamos a Brasil para vender y para comprar barato. Además, en el Mercosur la mayoría de las decisiones se toman con el aval de los dos mas grandes, Argentina y Brasil. Si el diálogo está roto, el bloque se paraliza. Y sin Mercosur activo, Argentina queda más sola y más chica frente al mundo.
¿Es ideología o es irresponsabilidad?
Se puede argumentar que Milei es «libertario» y que por eso se alinea ideológicamente. Perfecto. Que lo haga como dirigente de un partido. Pero cuando sos Presidente, tu ideología pasa a segundo plano. Primero va el interés nacional. El interés nacional dice: con Brasil hay que llevarse bien. Le guste a quien le guste. Porque muchos de los 47 millones de argentinos comen gracias a ese comercio. Estados Unidos se lleva mal con China e igual le vende soja. China se lleva mal con Australia e igual le compra hierro. Porque los países serios separan la política de los negocios. Acá hicimos lo contrario. Mezclamos todo.
El precedente que dejamos
Lo más peligroso es el ejemplo. Si Argentina se mete en Brasil, mañana Brasil se puede meter en Argentina. Si nosotros naturalizamos que un presidente opine de elecciones ajenas, después no nos podemos quejar cuando lo hagan con nosotros. Y en la región quedamos marcados. Porque los países chicos miran y dicen: «si Argentina no respeta a Brasil, ¿nos va a respetar a nosotros?». Quedamos aislados. Con discurso fuerte, pero con pocos amigos para negociar.
Por último
Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con Lula. Se puede preferir a la oposición. Eso es legítimo. Lo que no es legítimo es usar la investidura presidencial para hacer campaña en otro país. Gobernar es hacerse cargo. Y hacerse cargo a veces significa tragarse sapos. Significa llamar por teléfono al que no te gusta para que el camión con mercadería pase. Significa cuidar el trabajo de la gente antes que el like en Twitter. Brasil no es un enemigo. Es un vecino gigante del que dependemos mucho. Pelearse con Brasil por una elección es como pelearse con el carnicero del barrio. Después ¿a dónde vas a comprar?La política exterior no es para hacer show. Es para cuidar el plato de comida de los argentinos. Y con este episodio, ese plato quedó en riesgo.
Editorial Fuera de Juego – Somos Entre Ríos ´27-07-26








