martes, agosto 25, 2026

Cuando mentir sale gratis (o no): el poder de fuego de los grandes medios

Cuando mentir sale gratis (o no): el poder de fuego de los grandes medios
Orilla y Media TV

Hay mentiras que se publican con firma, con sello editorial y con horario central. No son errores de tipeo. Son operaciones. Y lo más grave no es que existan, sino que funcionen.

En los últimos tiempos hemos visto, con una frecuencia preocupante, cómo algunos grandes medios de prensa nacionales publican notas con datos falsos, títulos maliciosos y conclusiones que no resisten dos minutos de chequeo. Notas que, casualidad o no, siempre terminan favoreciendo al gobierno de turno. Que siempre apuntan al mismo lugar: al trabajador, al gremio, al empleado municipal, al docente, al hospital público, al que hace paro porque no llega a fin de mes.

El mecanismo es perverso y aceitado. Se toma una noticia sobre algún tema o un conflicto laboral legítimo, se le cambian dos números, se le agrega una palabra como «privilegio», «gasto» o «casta», se le pone un zócalo indignado en televisión y se lo larga a rodar. En una hora está en todos los portales. En dos horas ya es verdad revelada en las redes. En tres horas, el trabajador ya fue condenado socialmente sin haber tenido siquiera derecho a réplica.

Porque ahí está el verdadero problema: la asimetría.

¿Qué herramientas tiene un grupo de enfermeros, docentes, estatales de Gualeguaychú, de Entre Ríos, de cualquier ciudad del interior, para desmentir una tapa de un diario o un video viral de un periodista que vende en todo el país y que tiene millones de seguidores en redes? ¿Cómo compite una asamblea de obreros con una redacción de cincuenta periodistas, abogados y un estudio de televisión en Capital Federal?

No puede. Y lo saben.

El trabajador puede sacar un comunicado en Facebook, puede mandar una carta al director que nunca será publicada, puede intentar que un medio local levante su versión. Mientras tanto, la falacia ya corrió, ya hizo daño, ya instaló la idea de que «son vagos», «ganan mucho», «no quieren trabajar», “compran vino con la plata de los comedores escolares” o “son un antro de corrupción”. El desmentido, si llega, llega tarde y en letra chica.

Esta no es una discusión sobre libertad de prensa. La libertad de prensa es sagrada y debe defenderse siempre. Esto es una discusión sobre abuso de la libertad de prensa. Es sobre el uso del periodismo como aparato de propaganda.

Un medio grande no se equivoca inocentemente diez veces para el mismo lado. Cuando los «errores» siempre benefician al mismo gobierno y siempre perjudican a los mismos sectores – los que viven de un sueldo -, no es un error. Es una línea editorial. Es un negocio.
Y el costo lo paga el que menos espalda tiene. El empleado que tiene que salir a explicar en la cola del supermercado que lo que dijeron de él en la tele es mentira. El delegado que tiene que mostrar recibos de sueldo para probar que no gana lo que inventaron. Familias enteras y colectivos de laburantes puestas en la picota por un título que alguien escribió, sin pisar nunca el territorio del que habla.

Necesitamos decirlo con todas las letras: no hay democracia posible si no hay equidad informativa. No hay debate público sano si un sector tiene un cañón y el otro tiene una gomera.

Criticar al poder también es criticar a los medios cuando se convierten en poder. Y hoy, algunos grandes medios no informan sobre el gobierno. Gobiernan desde la información.

Y frente a eso, el trabajador queda solo. Con la verdad en la mano, pero sin un micrófono donde decirla.

(*) Editorial Fuera de Juego – Somos Entre Ríos 21-08-26

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