miércoles, agosto 26, 2026

Los octógonos: Presencia o ausencia no modifican nada, si el contenido es el mismo

Los octógonos: Presencia o ausencia no modifican si el conenido es el mismo
Orilla y Media TV

Durante meses discutimos si los famosos octógonos negros afeaban el paquete. Si espantaban inversiones. Si asustaban a los chicos. Hoy, cuando algunos proponen ignorarlos o más aún, quitarlos, vale la pena recordar para qué sirven: no son un castigo, son un espejo.

Por Eugenio Jacquemain (*)

La Ley 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable no inventó que un producto tiene exceso de azúcares, sodio o grasas. Solo lo hizo visible. El sello no cambia la fórmula. La transparenta.

Y ese es el nudo de esta discusión que algunos quieren confundir y usar.

Un refresco con exceso de azúcares, colorantes y cafeína es el mismo refresco con octógono y sin octógono. Un budín o galletita ultraprocesada con sellos negros no se vuelve saludable porque le saquemos los sellos. No mejora su perfil nutricional, no pierde sus aditivos, no deja de ser lo que es. Solo se vuelve más difícil de identificar.

Quitar la advertencia no quita el riesgo. Lo esconde.

Decir que sin octógono el producto es «más libre» o «menos estigmatizado» es una trampa del lenguaje. La salud de quien lo consume no depende del diseño del envase, depende de lo que hay adentro. El consumidor no se enferma por el octógono, se enferma, en todo caso, por el consumo sostenido de un patrón alimentario cargado de nutrientes críticos.

Los sellos cumplieron una función que ninguna campaña había logrado en décadas: que en dos segundos, en la góndola, un padre, una madre, un chico, pueda saber que eso que está por llevar tiene exceso. No prohíbe comprar. Informa. Y esa información es un derecho, el producto esté en góndola o en el desayuno de una escuela.

Si la discusión es si los sellos funcionan, miremos los datos de la región: en Chile y en México, donde el sistema lleva más tiempo, cayó el consumo de bebidas azucaradas y las empresas reformularon cientos de productos para sacar sellos. Es decir, cuando la industria quiso sacar el sello, lo que hizo fue mejorar el producto. Esa es la vía, cambiar el producto, no en el diseño del empaque.

La otra vía, la de sacar el sello sin tocar el producto, es la vía del maquillaje. Es cambiar el termómetro para bajar la fiebre.

No defendemos un octógono por fetichismo gráfico. Defendemos el principio que hay detrás: el derecho a saber sobre la alimentación saludable o no. Si un alimento es ultraprocesado, con colorantes artificiales, conservantes, jarabe de alta fructosa y sodio en exceso, seguirá siendo igual de perjudicial esté en una caja negra con advertencias o en una caja blanca, limpia y con dibujitos.

No nos pidan confundir ausencia de advertencia con presencia de salud. Un producto sin sello porque se lo quitamos por decreto o tecnicismo, no es más sano. Es el mismo producto, pero con menos información y una sociedad con menos información toma peores decisiones.

Aquí aparecería la contradicción más flagrante y más difícil de sostener del sistema, que es a la vez su punto ciego legal y su gran hipocresía sanitaria: un mismo producto, fabricado en la misma planta, con la misma fórmula exacta, con la misma cantidad de azúcares, sodio, grasas saturadas, colorantes, saborizantes artificiales y conservantes, está obligado a exhibir en su frente dos, tres o cuatro octógonos negros que advierten «EXCESO EN AZÚCARES» o «EXCESO EN CALORÍAS» si se lo envasa para ser vendido en la góndola de un supermercado, pero ese idéntico producto, sin cambiarle un solo gramo de su composición, queda eximido de toda advertencia si se lo comercializa por fuera de ese circuito formal, si se lo vende fraccionado, suelto, en viandas, o en comedores escolares; y entonces nos preguntamos, con razón, ¿desde cuándo la nocividad de un alimento depende del canal de comercialización?, ¿acaso el metabolismo humano distingue si ese ultraprocesado fue comprado en una góndola con luz fría o en una bandeja sin etiqueta?, ¿acaso el páncreas de un niño deja de recibir la sobrecarga de azúcar porque el envase no tenía el sello?, la respuesta es obvia y es no, el daño es el mismo porque el producto es el mismo, lo único que cambia es la visibilidad del daño, y al permitir esa doble vara lo que estamos haciendo no es proteger la industria ni desarmar un teórico mal manejo con hechos de corrupción, lo que estamos haciendo es consagrar que el derecho a la información y al consumo depende del lugar donde compras o consumís, creando consumidores de primera que tienen derecho a saber qué comen y consumidores de segunda que consumen a ciegas el mismo producto, sin saber que puede causar, solo que sin advertencia.

 

(*) Director Orilla y Media

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