Cautiva, la miniserie sobre los abusos ocurridos en el convento de Nogoyá que se estrenó en las últimas horas, batió records de audiencia este fin de semana. ANÁLISIS reproduce un capítulo del libro Las torturas del convento, donde se cuenta paso a paso cómo fue la investigación del periodista Daniel Enz en la que se basa el thriller psicológico del que todos hablan.
Desde el mail anónimo que recibió, hasta las entrevistas con las víctimas y la primera denuncia ante el Poder Judicial, en primera persona Enz relata un trabajo que demandó más de dos años, numerosas visitas a Nogoyá y más de 60 entrevistas. La tarea es recreada en la serie a través del personaje de Martina Robles, interpretado por la actriz Julieta Zylberberg, que llega de Buenos Aires a Nogoyá para investigar.
La primera nota sobre el tema fue tapa de la edición de agosto de 2016 de la revista ANÁLISIS y luego hubo otras publicaciones.


Contacto e investigación (*)
Fue a mediados de agosto de 2014 cuando recibí un mail anónimo en el que se me sugería que iniciara una investigación sobre los abusos que existían en el Convento de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá. No había mayores precisiones y la dirección era un nombre de fantasía.
-¿De qué abusos estamos hablando? – respondí.
-Abusos y tormentos en el convento de Nogoyá -me respondió esa persona desde el anonimato absoluto y no me contestó más nada.
Estaba claro que el contacto era consecuencia de las investigaciones periodísticas que habíamos hecho en esos años, en los que denunciamos los abusos cometidos por el cura Justo Ilarraz (condenado a prisión perpetua por varios casos, pero luego beneficiado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación que entendió que los hechos estaban prescriptos), trabajo que tuvo repercusión nacional e internacional.
Desde las revelaciones respecto de los abusos de Ilarraz, en septiembre de 2012, fueron numerosos los correos electrónicos, mensajes y cartas que llegaron a la Redacción de la revista Análisis procedentes de diferentes lugares del país, con casos similares.
En Entre Ríos llegamos a tener en carpeta no menos de siete sacerdotes vinculados a casos de abusos en diferentes localidades, pero muchas puertas también se cerraron tras el caso Ilarraz, por las presiones y la fuerte reacción de la cúpula eclesiástica.
A la mayoría de los casos sucedidos fuera de Entre Ríos, los fui analizando y derivando a colegas de cada lugar, para que trataran de avanzar. Nosotros no teníamos estructura logística ni presupuestaria para viajar a trabajar a otras provincias.
Lamentablemente, muchos de esos hechos no pudieron plasmarse, en especial por el control de la Iglesia sobre medios del interior, donde siempre los obispos tienen tanto o más poder que un intendente o un gobernador. Pero hubo un caso en Salta -que conversamos en profundidad durante mucho tiempo con mi colega y amiga Miriam Lewin, quien en su momento denunció al cura Julio César Grassi- y se pudo hacer una investigación minuciosa en el canal Todo Noticias. La tarea derivó en la apertura de una causa judicial e incluso una condena a doce años de cárcel a un sacerdote de mucho poder en la zona.
Respecto al convento de Nogoyá, en agosto de 2014 inicié un proceso lento de investigación sobre lo que sucedía en ese lugar, que costó mucho tiempo y esfuerzo. Sabíamos que, si se comprobaban los hechos, la información tendría repercusión nacional e incluso internacional, dado que no había registro de una situación parecida en el mundo. No podía cometer ningún error.
Tenía presentes las numerosas ocasiones en las que la gente del poder, en cuarenta años de ejercicio del periodismo, había tratado de instalarme un dato falso para que me equivocara y terminara en ámbitos judiciales, donde tuve que enfrentar no pocos juicios por denunciar a personajes públicos. Nunca fui condenado, en gran medida por la capacidad profesional de mi exabogada Noemí Berros, que me acompañó durante dos décadas, y de otros reconocidos letrados que también me asistieron.
En los años en los que investigué lo que pasaba en el convento, todos los lunes iba a Gualeguaychú para conducir un programa de televisión en el canal de cable de la ciudad. En cada viaje me tomaba un tiempo para ir indagando en algunos lugares de Nogoyá, con mucha cautela. Mi argumento era que estaba tratando de conseguir información para una prima del norte de Santa Fe que quería ser carmelita y que, si bien ella ya contaba con datos del convento, pretendía saber algo más de la vida en el carmelo, para terminar de convencerse de que ese era el camino. Obviamente, esa prima nunca existió.
Empecé por las estaciones de servicio, seguí con algunos contactos en los Tribunales de Nogoyá, la departamental de Policía, fui a kioscos, bares y restaurantes. Estuve en estudios profesionales, bibliotecas públicas y librerías. Llevé a cada maestra que hacía dedo en la ruta para sacarle conversación sobre el tema y fui varias veces con las más variadas excusas al Hospital San Blas de Nogoyá.
A cada pregunta sabía que tenía que hacerla con mucha mesura y respeto. El convento de Nogoyá sigue siendo uno de los lugares más queridos por una comunidad muy religiosa en Entre Ríos y no había que despertar sospechas ni reacciones adversas. A lo largo de dos años, debo haber dialogado con no menos de sesenta personas y todas me hablaron maravillas de la tarea religiosa de las carmelitas descalzas.
Después de aquel primer correo electrónico, se sumó otro mail -estaba claro que era de un familiar directo de una carmelita o de una exintegrante del convento-, gracias al cual pude avanzar un poco más. Siempre manteniendo el anonimato, esta persona trazó un panorama bastante claro de la situación.
A las primeras pistas concretas las conseguí en la última visita que hice al hospital San Blas. Acudí por una supuesta descompensación, que provocó que no me dejara de sangrar la nariz, y me quedé en una sala en observación por casi dos horas, con suero incluido. Era algo que se podía resolver con un poco de algodón y agua oxigenada, pero tenía que ganarme la confianza de las enfermeras.
Cuando avancé en la conversación -que se hacía de modo fragmentado, porque siempre es poco el personal para atender la demanda de tanta gente en los hospitales públicos de la provincia- por lo menos dos enfermeras me reconocieron, en diferentes diálogos, que en los últimos tiempos habían llegado algunas carmelitas al nosocomio con serios problemas de desnutrición y muy demacradas. Y que eso les había llamado la atención a ellas, pero no quisieron advertir nada a sus superiores porque sabían de la reacción inmediata de los médicos, especialmente de los que eran amigos del convento.
Junto con mi colaboradora Lucila Tosolino -que se sumó a trabajar en el caso y ya lo había hecho en otras tareas periodísticas, demostrando notables condiciones para la profesión- iniciamos una labor más profunda. Acudimos a organismos oficiales para determinar quiénes habían ingresado como carmelitas al convento en los últimos treinta años y averiguamos si había casos de denuncias en la justicia por algunas situaciones. Dimos con algunas que habían decidido salirse del monasterio, pero ninguna quiso hablar en profundidad. Las entrevistas con cada una no se extendieron por más de diez minutos, ya fuera personalmente o por teléfono, porque todas residían en el interior de la provincia e incluso fuera de Entre Ríos.
El argumento que daban era que la “cláusula de silencio” que habían juramentado al entrar al convento seguía vigente y no podían contar nada de lo que había sucedido puertas adentro. Era demostrativo de la manipulación a la que siempre eran sometidas, porque no existía normativa alguna que les impidiera contar lo que había pasado en el carmelo de Nogoyá. Igual, pudimos dar con algunos familiares de unas pocas, que nos ayudaron a confirmar buena parte de lo que sucedía adentro, por lo menos desde 2006 en adelante.
Hubo un detalle clave: la periodista Tosolino, que en ese entonces tenía veinticinco años y era una avanzada estudiante de Comunicación Social, fue hasta el convento, se hizo pasar por una supuesta interesada en ingresar al lugar, fue recibida por la priora, estuvo varias horas recorriendo el lugar y habló en extenso con su superiora.
Lucila tenía características físicas que podían transformarse en el perfecto perfil para una futura religiosa. Eso sirvió para ver los movimientos dentro del monasterio y, de alguna manera, comprobar el grado de subordinación que existía de parte de las carmelitas hacia la priora. En varios momentos, Luisa Toledo no dejaba de demostrar su fuerte personalidad, su poder y los gestos autoritarios para disponer de todo lo que sucedía puertas adentro, sin importarle demasiado que estaba con una desconocida recorriendo el lugar.
Al recibir a la periodista, la priora estaba acompañada por una de las hermanas, María Lucía, pero la dinámica fue evidente desde el primer momento: Toledo no permitía disidencias ni segundas voces. Mientras la hermana intentaba tímidamente aportar datos históricos o espirituales, era sistemáticamente silenciada o interrumpida por la superiora, quien monopolizó la palabra con una retórica ensayada y controladora.
De entrada, marcó la cancha con una frialdad castrense: “No nos gustaría que tomes nota de nada. No damos nombres ni nada, fijate que ni en Internet estamos”. A lo largo de la charla, Toledo pintó una realidad idílica que bien sabíamos que era falsa. Con una seguridad que contrastaba con los relatos de las víctimas, aseguró: “Nunca nos pasó acá que haya venido una aspirante y se haya ido. Nunca nos pasó tener que sacar a alguien”. Una mentira flagrante destinada a ocultar las fugas y expulsiones traumáticas que luego se probarían en los Tribunales.
Toledo justificó el encierro absoluto con frases lapidarias como “la hermanita una vez que entra no sale nunca más” o “entramos para morir”. Y describió el sufrimiento físico no como un abuso, sino como una elección divina ineludible: “Es una vida de inmolación, de entrega, de sacrificio. Una mortificación”. Su discurso revelaba una manipulación psicológica profunda: insistía en que los votos eran “del cielo a la tierra” y que “no se borran nunca”, ni siquiera si una monja lograba salir, dejando en claro que para ella la libertad física no eximía a las mujeres de su control espiritual.
Aquel encuentro en el locutorio no fue simplemente un diálogo protocolar ofrecido a alguien a quien le interesaba el convento; en realidad fue la exposición de un sistema perverso. Releyendo hoy la transcripción de aquella charla, con la condena judicial ya firme, se hace evidente que la madre superiora Luisa Toledo nos estaba confesando su modus operandi en la cara, camuflado de mística y espiritualidad. En su discurso, autoritario y verborrágico, quedaron grabados los cinco pilares que sostenían la cárcel física y psicológica que había montado en Nogoyá.
El primer pilar, y quizás el más efectivo para garantizar el silencio de las víctimas, era la coacción psicológica basada en el terror teológico. Toledo había diseñado una trampa mental perfecta: convenció a las monjas de que la salida física del convento no implicaba una liberación real. Ante Tosolino, fue tajante al asegurar que los votos religiosos “se deben respetar del cielo a la tierra, a no ser que se quiera ir al infierno”. Para ella, no existía la renuncia válida. Incluso si el Vaticano intervenía, Toledo sentenció que “por más que algunos religiosos hayan salido de las congregaciones y no estén más en éstas, los votos seguirán en ellos”, definiéndolos como “un sello que no se borra nunca”. Con esta amenaza de condenación eterna, construyó una celda psicológica de la que era imposible escapar sin sentir una culpa devastadora.
El segundo punto clave fue la validación teológica del castigo físico. Durante la investigación posterior se hallaron cilicios, mordazas y látigos, instrumentos que Toledo justificó veladamente en esa entrevista bajo el concepto de “inmolación”. Lejos de ocultar la violencia, la naturalizó utilizando la figura de Cristo como modelo de sufrimiento corporal. “Si uno viera a Jesús, viste que nos salvó sacrificándose. A él lo latigaron, lo mataron… Entonces cuando llaman a las almas consagradas es para que carguen su cruz”, dijo. Al reivindicar explícitamente que a Jesús “lo latigaron”, Toledo no estaba hablando en metáforas: estaba validando la pedagogía del dolor que aplicaba puertas adentro, donde incluso la privación de alimento —un “desayuno muy mortificado” donde “un pedazo de pan es suficiente para vivir”— era presentada como una virtud necesaria y no como un abuso.
Para que este sistema funcionara, era necesario un monopolio absoluto del poder y las comunicaciones, el tercer eje de su dominio. La entrevista dejó al descubierto que Toledo había eliminado cualquier autonomía dentro de los muros. Ella misma se jactó de ser el único filtro entre las monjas y la realidad: “Acá sólo tenemos un teléfono celular y sólo lo uso yo. Las hermanas no tienen su celular propio, está prohibido”. El control era total, no sólo sobre la palabra, sino también sobre la economía. En un descuido de totalitarismo por parte de la priora, la hermana María Lucía confesó: “Nosotros no manejamos dinero, la única que lo hace es la madre superiora”. Toledo se aseguraba que ninguna víctima pudiera pedir auxilio a su familia o planear una huida logística. Eran rehenes de su administración.
A este control mental y económico se sumaba una negligencia física programada. En la entrevista, Toledo dejó entrever que la salud de las hermanas era secundaria frente a la clausura. Con total naturalidad, afirmó que la visita a un médico era algo indeseado: “Solamente se puede llegar a salir para ir al médico, pero si se puede evitar, mejor”. Esta frase, que en su momento pareció una exageración de la regla, escondía una práctica peligrosa: la falta de atención sanitaria básica. Incluso la alimentación estaba restringida bajo la excusa de la fe: “No comemos carne. Todo es una mortificación a la regla”, admitió, aclarando que las proteínas solo se permitían si una hermana estaba enferma, convirtiendo la nutrición básica en un signo de debilidad espiritual. Pero ella sí podía disponer de carne, pescado o pollo a diario en su menú, con una carmelita específica a su entera disposición, para su alimentación personal.
Finalmente, el sistema se cerraba con una anulación sensorial y de la identidad, destinada a la despersonalización. Toledo describió un proceso de “mortificación” que funcionaba como un lavado de cerebro para desconectar a las carmelitas de la realidad. “A veces nos pasa que pasan los camiones por el frente del convento y hacen propaganda de confiterías o verdulerías y a todo eso nosotros lo mortificamos, no lo escuchamos”, explicó por lo bajo la hermana María Lucía ante la estricta vigilancia de la priora. No se trataba de paz contemplativa, sino de una disociación forzada: Toledo las obligaba a ignorar los sonidos de la vida exterior hasta que “llega un punto que ni cuenta te das de que estás en silencio”. Así, prohibiendo la televisión, la radio, los diarios y hasta la percepción del ruido de la calle, la madre superiora lograba que la única realidad existente para esas mujeres fuera la que ella dictaba dentro del encierro.
Pero la anulación iba más allá de los sentidos; buscaba borrar la historia personal. Toledo admitió con naturalidad ante la periodista Tosolino: “No recuerdo mucho los nombres y apellidos de las chicas, porque al ingresar acá ellas también renuncian a su identidad. Se trata de una vida nueva”. El objetivo final era claro: eliminar al individuo, borrar su nombre y su percepción del mundo, para que solo quedara la súbdita obediente bajo su mando.
Lucila Tosolino salió algo conmocionada del lugar. Lo que vio y escuchó fue determinante para tener un perfecto contexto de la historia que ocurría a no más de cien kilómetros de Paraná. Pero ese trabajo de investigación no pasó desapercibido dentro de los muros del convento. La reacción fue inmediata y hostil. El lunes 8 de agosto de 2016, apenas un día después de la visita al carmelo y tras haber entrevistado a familiares y allegados a la congregación, el celular de Tosolino sonó una y otra vez, desde un número desconocido de Nogoyá. Era la madre superiora.
Ya no tenía el tono de la anfitriona amable que la había recibido esa mañana de domingo. Su voz era mucho más autoritaria y estaba cargada de un nerviosismo agresivo. Le dijo que se había enterado de que había estado haciendo “preguntas” y le exigió, sin rodeos, que parara de investigar, que dejara de “husmear”. La priora estaba alterada, necesitaba frenar lo que sabía que se le venía encima. Justamente, esa llamada fue determinante para nosotros: la virulencia con la que intentó detener la situación nos confirmó que el caso era más grave de lo pensado. Su miedo a lo que podía salir a la luz era la prueba de que el silencio impuesto se estaba rompiendo.*****Se podía haber escrito la historia dolorosa del convento con el material que habíamos compilado y seguramente tendría el suficiente impacto. Pero después de insistir por casi dos años, fue clave que Silvia Albarenque hablara por primera vez con un periodista desde que salió del convento. Era principios de agosto de 2016. Y puso una condición: no podía publicarse su nombre.
Acordamos reunirnos en una estación de servicio de María Grande. Silvia llegó con sus hermanos Francisco y Marcelo. Era domingo, el lugar estaba casi vacío y los cuatro nos sentamos en una mesa junto a un ventanal. Solo pedí que Silvia se ubicara de espaldas a la puerta, para que nadie interrumpiera la conversación, y también les solicité a los hermanos que la dejaran hablar a ella. Ya había conversado varias veces con ellos, me habían aportado muy buena información, pero acá la protagonista era Silvia y quería aprovechar su testimonio. Uno nunca sabe si después de un reportaje a fondo esa misma persona acepta un segundo encuentro.
Fueron casi dos horas de prácticamente un monólogo. Silvia contó cada uno de los hechos que había padecido: los tormentos, los castigos, la tortura física y psíquica de una religiosa sin piedad para con sus carmelitas. La forma en que durante años le imploró para salir del convento sin ser escuchada nunca por la priora ni por los profesionales que atendían a la comunidad del monasterio.
Lo más saliente, además del fuerte testimonio de Silvia, fue cómo a medida que transcurría y se profundizaba el relato, sus dos hermanos lloraban casi desconsoladamente. Fue tal la situación que en un momento paré la grabación y les pregunté por qué estaban así.
-Porque Silvia nunca nos contó con tanta crudeza todo lo que está diciendo ahora. No podemos entender que haya padecido semejante crueldad durante tantos años -dijo Marcelo, sin poder contener las lágrimas.
Cuando terminamos la conversación le di un abrazo interminable a Silvia y también a sus hermanos. Belén, mi compañera, me esperaba pacientemente con el mate en el auto, en proximidades de la estación de servicio.
-Silvia habló y contó situaciones gravísimas, con castigos de épocas medievales en el siglo XXI. Va a ser una nota muy fuerte -le dije, a la vez que le conté algunos detalles que tampoco podía creer que hubieran sucedido en un convento religioso.
Después de dos años de hacer preguntas, el muro de silencio que rodeaba al carmelo de Nogoyá se había quebrado. Ese mismo domingo comencé a escribir el artículo y pedí para no ir a la radio esos tres primeros días de la semana. “Es una nota muy difícil, compleja, que va a tener mucha repercusión”, les dije a mis compañeros, sin aportarles otro dato. Siempre mantuve la reserva en torno de las investigaciones que iba a publicar.
Escribí una nota de tapa de treinta y seis mil caracteres que ocupó seis páginas de la edición tabloide de la revista Análisis, que iba a salir el jueves 24 de agosto de 2016. El día anterior, cuando el material estaba en la imprenta, opté por llamarlo al procurador general de la provincia, Jorge Amílcar García, para avisarle que iba a salir un artículo importante. Le expliqué el tema y le advertí que quizás iba a tener que tomar algunos recaudos para que no desaparecieran las pruebas que confirmaban los tormentos que sufrían las carmelitas en el lugar. García pidió que le mandara por anticipado la nota periodística y dijo que, seguramente, al día siguiente iba a abrir una causa de oficio, a partir de la investigación realizada. Corté la comunicación y le envié el artículo.
A los veinte minutos, el procurador me llamó y volvimos a dialogar:
-Estoy espantado. No puedo creer que pase esto. Ya dispuse que se abra una causa de oficio y que se haga un allanamiento. ¿A qué hora sale la revista a la calle y cuándo suben el anticipo en la web?
-Después de la medianoche ponemos el anticipo en la web. Y a las seis de la mañana está en la calle.
-¿No se podrá poner el anticipo un poco más tarde? Para evitar que escondan o alteren las pruebas -me dijo García.
-Si, no hay problema.
El anticipo de la nota se subió a la web cerca de las dos de la madrugada de ese jueves 24. Y a las cinco y media de la mañana la distribuidora empezó a entregar las revistas a los kioscos. “Las torturas del convento”, decía la tapa, con una imagen de las carmelitas detrás de las rejas. Sabíamos que iba a ser la noticia del día en Entre Ríos. Nos quedamos cortos. Fue noticia nacional e internacional ese mismo jueves.
Habíamos cumplido con el objetivo de informar y poner en consideración lo que sufrían las monjas en ese convento, para que se ocupara la justicia y se pudiera revertir la situación. El periodismo había servido nuevamente para algo.
(*) El texto corresponde al capítulo 7 del libro Las torturas del convento, de autoría de Daniel Enz, publicado en 2026, disponible en librerías y en venta online.









