Hay pedidos que se repiten cada dos años en la Argentina como una cábala. Uno de ellos volvió con fuerza en las últimas semanas: suspender las PASO.
Por Eugenio Jacquemain
El argumento es siempre el mismo, casi calcado, gobierne quien gobierne: hay que ahorrar plata, no tiene sentido gastar millones en una elección que a nadie le importa.
Y casi al mismo tiempo, en la misma mesa donde se pide ese ahorro, «se podría firmar el decreto en varios distritos, ya se habla de eso, para desdoblar las elecciones provinciales de las nacionales, multipliquémoslo por 24. Es decir, votamos dos, tres, hasta cuatro veces en el mismo año.
La contradicción es tan evidente que ofende la inteligencia del ciudadano común.
Si el problema es el costo, ¿cómo se explica que desdoblar sea la solución? Cada desdoblamiento implica montar dos veces todo el aparato electoral: dos veces urnas, dos veces fiscales, dos veces transporte de boletas, dos veces seguridad, dos veces escrutinio, dos veces campaña publicitaria del Estado.
Según la Cámara Nacional Electoral, una elección nacional cuesta miles de millones de pesos. Multiplíquelo por 24 distritos haciendo su propio calendario. No se está ahorrando. Se está gastando igual, pero en cuotas y con un objetivo mucho menos noble que el ahorro: el cálculo político. Desdoblar le sirve a los gobiernos de turno para despegarse del arrastre nacional, para provincializar la discusión y para no quedar pegado a una mala elección presidencial de su propio espacio. Es legítimo desde la estrategia, pero que no nos vendan que es por austeridad.
Ahorrar eliminando las PASO para después gastar desdoblando es como vender el auto por el precio de la nafta y después usar todo el día el remisse al necesitarlo para trasladarnos.
De la fila interminable al desgano
Quienes tenemos memoria o nos contaron nuestros padres lo que fue 1983, recordamos otra cosa. La recuperación de la democracia no fue solo un acto institucional. Fue una fiesta cívica. La gente ansiaba votar. Hacíamos fila bajo el sol, bajo la lluvia, con el documento en la mano como si fuera un tesoro que nos habían devuelto. Votar era volver a existir.
Más de cuarenta años después, esa mística se diluyó. Hoy el ciudadano va a votar con desgano. Casi con resignación. No va con la ilusión de que todo va a cambiar, sino con la esperanza remota, chiquita, casi susurrada, de que algo, por fin, no empeore. No es apatía. Es decepción acumulada. Es la sensación de que vote a quien vote, la boleta que entra en la urna no cambia su vida cotidiana. Que el supermercado sigue igual y el sueldo sigue sin alcanzar. Y esa desilusión es mucho más peligrosa para la democracia que cualquier costo electoral, porque cuando la gente deja de creer en el voto, empieza a creer en cualquier atajo. Por eso, justamente por eso, eliminar instancias de participación es un error.
Lo bueno de las PASO, aunque molesten
Nos acostumbramos a hablar mal de las PASO. Que no sirven, que son una encuesta cara, que nadie va. Y es cierto que su uso se ha desvirtuado. Muchos partidos las usan como una formalidad para consagrar una lista única, sin competencia interna real. Pero cuando funcionan, las PASO son una herramienta formidable y profundamente democrática.
Le devuelven poder al ciudadano por sobre el aparato. Sin PASO, las listas las define un jefe partidario en una oficina cerrada. Con PASO, por más imperfectas que sean, el afiliado y el independiente pueden meterse en esa discusión y decir «a mí me gusta más este que aquel». Es la única vez que el votante puede elegir candidatos, no solo partidos.
Ordenan, obligan a que cada frente dirima sus internas a cielo abierto y llegue a octubre con un candidato claro.
Transparentan. Nos muestran con números reales quién tiene poder territorial y quién solo tiene un sello de goma y un amigo en un canal de televisión. ¿Son caras? Sí. ¿Son perfectibles? Muchísimo. Se podría discutir si todos los partidos deben hacerlas obligatoriamente o solo los que tienen competencia interna real. Pero eliminarlas por caras mientras se duplica el calendario electoral es, como mínimo, hipócrita. Si queremos ahorrar, empecemos por no votar dos veces mínimo al año por desdoblamientos.
La boleta única: un avance que debe explicarse más
En medio de esta discusión de chicanas, se dio un paso enorme que casi no se está contando: la Boleta Única de Papel. Y hay que decirlo con todas las letras: es buena. Es muy buena. Termina con el folklore perverso de robar boletas, de la boleta trucha, del puntero que te dice «si no está mi boleta, no me votaste». Termina con la impresión obscena de millones de boletas que iban directo a la basura. Ahorra papel, ahorra plata de verdad y le simplifica la vida al votante que ya no tiene que hacer un curso para no equivocarse en el sobre.
Es más transparente, es más ecológica y es más justa para los partidos chicos que no podían pagar un ejército para fiscalizar cada boleta en cada escuela.
El problema es que mucha gente, aún no sabe cómo se usa. No hubo hasta hoy una campaña clara, en televisión, en redes, en las escuelas, explicando que ahora no se mete más un sobre con una boleta, sino que se marca una sola hoja con todos los candidatos, se hizo campaña, pero no alcanzó. El riesgo es que una herramienta excelente fracase no por mala, sino por desconocida, y que el día de la elección el desconcierto genere más ausentismo y votos nulos.
El Estado que quiere ahorrar suspendiendo las PASO debería invertir esos supuestos millones en explicar bien cómo se vota con la boleta única. Eso sí sería ahorrar: ahorrar confusión, enojos y sumar legitimidad.
Suspender las PASO para ahorrar mientras se desdobla para gastar, es subestimar al votante. La gente no está cansada de votar. Está cansada de que le tomen el pelo.
Y en el 2027, vamos a votar igual. Quizás con menos ganas, sí, pero vamos. Porque en el fondo todavía tenemos la esperanza terca de que alguna vez, una boleta cambie algo, como pensábamos en el 83.








