Elsa Mosto tiene guardada buena parte de la historia de su hermano. Entre los documentos conserva su libreta de Medicina, las cartas que escribió desde Malvinas, un croquis del Cementerio de Darwin y la medalla identificatoria que fue recuperada junto a sus restos. Los conoce de memoria y sabe qué historia hay detrás de cada uno. Sin embargo, cuando habla de Carlos Gustavo Mosto no comienza por la guerra, sino por los años en que todavía era simplemente “Carlitos”.
Carlos nació en Gualeguaychú el 22 de marzo de 1959. Fue hijo de Blanca Lila Alberto y Héctor Alfonso Mosto, y el quinto de seis hermanos. Con Elsa se llevaban apenas un año y nueve meses y durante la infancia fueron muy compañeros. Los dos estudiaron en la Escuela Normal, aunque en distintos turnos, y su madre hacía que Carlos se levantara temprano para acompañarla por la mañana. Él protestaba durante el camino porque recién debía entrar a clases por la tarde y aprovechaba el trayecto para cargar y molestar a su hermana. Elsa todavía recuerda esas anécdotas y se ríe cuando las cuenta.
Carlos hizo la primaria y la secundaria en la Escuela Normal recibiéndose en 1976. Después se instaló en La Plata para estudiar Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. De aquellos años quedó su libreta universitaria, que Elsa conserva entre los documentos familiares. Allí están su fotografía, su huella digital, el domicilio en el que vivía y su número de alumno.
Mantenerse en La Plata no era sencillo. La economía de la familia era ajustada y Carlos trabajaba mientras estudiaba: vendía verduras, hacía repartos y lustraba zapatos. Siempre que podía regresaba a Gualeguaychú, muchas veces haciendo dedo. Un amigo de esa época recordó también una ocurrencia que había quedado entre las anécdotas de aquellos años: Carlos quería plantar pasto en el pequeño patio de la casa que alquilaba. El espacio era mínimo, pero él insistía con la idea.
Su proyecto tampoco pasaba por quedarse definitivamente en una gran ciudad. Quería terminar Medicina y trabajar donde hicieran falta médicos. Esa intención, que su familia ya conocía, apareció nuevamente años después entre las cartas enviadas desde Malvinas. En una de ellas, fechada el 26 de mayo de 1982, escribió que quería seguir capacitándose y después regresar “a algún lugar donde se precisen médicos”.
La partida
El 9 de abril de 1982, Viernes Santo, la familia estaba reunida en su casa cuando una mujer del barrio llegó con una radio y les contó que estaban convocando a la clase 1962. Carlos había nacido en 1959, pero había solicitado una prórroga del servicio militar por sus estudios y por esa razón había quedado incorporado con una clase posterior.
Al escuchar la noticia, se levantó del sillón. Su madre, Blanca, intentó convencerlo de que esperara una citación formal, pero Carlos sintió que debía presentarse. A pesar de la insistencia de sus padres para que se quedara, decidió partir ese mismo día. Fue voluntario porque sintió en su corazón que debía ir a Malvinas para estar junto a sus compañeros, que la Patria lo necesitaba y que aquel llamado también estaba ligado a su fe en Dios.
La despedida fue en la antigua terminal de Gualeguaychú, ubicada en Bolívar y Chalup. El colectivo salió a las 15 desde el andén 3 y hasta allí fueron sus padres, sus hermanos, sus amigos y la familia de su novia, Verónica Toller.
Elsa recuerda especialmente aquella despedida. Carlos llevaba jean y una camisa de jean. Una vez sentado en el colectivo, miró hacia afuera, bajó la cabeza y apoyó una mano en su rostro. Fue la última vez que lo vio.
Desde Malvinas llegaron después sus cartas. En ellas contaba algunas cosas de la vida cotidiana en las islas, hablaba del frío, del mate que tomaba dentro del pozo y también de los proyectos que esperaba retomar cuando volviera.
Una de esas cartas, escrita el 26 de mayo, era de una chica y estaba dirigida a un soldado argentino. Carlos decidió responderle porque le había gustado su forma de escribir y porque había encontrado algunos intereses en común. Le contó que era de Gualeguaychú, que estudiaba Medicina y habló también de lo que estaba ocurriendo alrededor suyo.
En medio de la guerra escribió una frase que su familia conservaría: “Porque aunque sean nuestros enemigos, no dejan de ser hermanos nuestros”. También pidió que rezaran para que no hubiera más muertos de ninguno de los dos lados y mencionó tanto a las familias argentinas como a quienes esperaban el regreso de los soldados británicos.
La última comunicación telefónica con su casa fue el 7 de junio. Elsa atendió y escuchó del otro lado: “Hola, Elsita”. Después le pasó el teléfono a sus padres. Carlos habló con Blanca y Héctor y les pidió que se mantuvieran unidos y que rezaran por todos.
Para entonces se encontraba en Moody Brook, donde realizaba tareas de asistencia y también colaboraba en la cafetería. Con el paso de los años, varios de sus compañeros buscaron a la familia para contarles cómo habían sido esos meses. Recordaban que Carlos recorría los pozos con una Biblia y que se detenía cuando encontraba a algún soldado angustiado. A veces leía, otras cantaba y muchas veces simplemente se quedaba acompañándolo. También iba a recibir a quienes llegaban en helicóptero, los abrazaba y les ofrecía algo caliente sin preguntar qué había ocurrido.
De esos relatos surgieron algunos de los nombres con los que después se lo conoció. Hubo quienes lo llamaron “el curita”, otros “el ángel de los pozos” y también comenzó a circular “el santito de las trincheras”. Carlos tenía entonces 23 años y todavía no había terminado la carrera que había ido a estudiar a La Plata.
El último café
Carlos murió el 11 de junio de 1982 durante un ataque británico sobre Moody Brook. En el mismo bombardeo murieron Ignacio María Indino y Mario Gustavo Rodríguez.
La reconstrucción que llegó posteriormente a su familia señala que Carlos estaba colaborando en la cafetería cuando un compañero que se encontraba junto a otros en la trinchera le pidió un café. Se lo llevó y el soldado le dijo que estaba amargo, por lo que volvió a buscar azúcar. En ese momento se produjo el ataque y la onda expansiva provocó el derrumbe de parte del edificio.
Después del bombardeo, al formarse los soldados, sus compañeros advirtieron que Carlos no estaba y comenzaron a buscarlo entre los escombros.
Mientras tanto, en Gualeguaychú nadie sabía que Carlos había muerto. A la familia le habían dicho desde La Plata que los soldados regresarían y comenzaron a preparar su vuelta. Blanca y Héctor viajaron el 16 de junio en un Fiat 128 rojo, convencidos de que pronto regresarían a casa con su hijo.
El 21 de junio llegaron al regimiento. Blanca pidió a uno de los soldados que llamara a Mosto porque sus padres habían ido a buscarlo. El joven se retiró y no volvió. Al notar que algo ocurría, ella caminó hasta la entrada y exigió que le dijeran qué había pasado. Allí se enteró de que Carlos había muerto diez días antes.
Héctor venía detrás preguntando por “Carlitos”, como llamaban a su hijo en la intimidad familiar. Fue Blanca quien tuvo que darle la noticia.
Elsa se enteró esa misma noche. Ningún telegrama había llegado a la casa y durante un tiempo la familia intentó encontrar otras respuestas. Pensaron que podía estar herido o haber sido tomado prisionero, recorrieron hospitales y preguntaron a los soldados que regresaban del conflicto.
Una tumba sin nombre
En 1983, los restos de los soldados argentinos fueron trasladados al Cementerio de Darwin. La familia Mosto intentó averiguar si alguna de las cruces llevaba el nombre de Carlos, pero no pudieron localizarlo. Durante décadas, la tumba donde se encontraba permaneció bajo la inscripción “Soldado argentino solo conocido por Dios”.
Héctor murió en 1988 sin haber podido viajar a las Islas. Blanca sí fue en tres oportunidades. Como desconocía dónde estaba enterrado su hijo, se arrodillaba frente a alguna de las cruces anónimas para rezar. Cuando encontraba a otras madres en la misma situación, les decía que todos los soldados que estaban allí también eran sus hijos.
Elsa hizo lo mismo durante su primer viaje a Darwin. Eligió una de las tumbas y rezó frente a ella. Tiempo después supo que no era la de Carlos, pero nunca sintió que aquel gesto hubiera sido en vano.
En 2013, Blanca aportó una muestra genética para el proceso de identificación. También dejó expresada su decisión de que, si conseguían localizar los restos de Carlos, no fueran trasladados al continente. Para ella, Carlitos había elegido ir a Malvinas por voluntad propia, movido por el amor a su tierra y por un llamado que sintió profundamente. Por eso consideraba que, aun después de su muerte, debía permanecer en el lugar al que él mismo había decidido ir.
Blanca murió en 2014. Tres años después, la familia recibió finalmente la noticia que había esperado durante décadas.
La ubicación estaba perfectamente determinada: sector B, fila 5, tumba 4.
Elsa prefiere hablar de localización y no de reconocimiento, porque para la familia nunca estuvo en duda que Carlos descansaba en Malvinas. Lo que durante 35 años no habían sabido era cuál de todas aquellas cruces le correspondía.
Junto a sus restos se habían registrado una carta, la medalla identificatoria, un peine, dos paquetes de cigarrillos y dos balas. La medalla fue posteriormente entregada a la familia. Elsa conserva también el croquis en el que está señalado el lugar exacto de la sepultura.
Cuando regresó a Darwin después de la identificación ya no tuvo que detenerse frente a una cruz elegida al azar. Caminó hasta el sector B, buscó la fila 5 y encontró la tumba 4 con el nombre de su hermano.
“Acá estás”, pensó.
Que sepan quién fue
En Gualeguaychú, el nombre de Carlos Gustavo Mosto quedó ligado a distintos espacios y homenajes. Desde 1984 una calle de la ciudad lleva su nombre; también lo llevan un aula de la Escuela Normal y la Escuela Secundaria n.° 5 «Soldado Carlos Mosto». En 2026 se incorporó señalética para explicar quién había sido el joven detrás de ese apellido. Este año, al cumplirse 44 años de su fallecimiento, el Gobierno de Gualeguaychú incorporó debajo del nombre de la calle la inscripción “Héroe caído en Malvinas en 1982. Por amor a la Patria”, con el objetivo de fortalecer la memoria colectiva y transmitir a las futuras generaciones el significado de su historia.
La iniciativa tuvo mucho que ver con Elsa. Durante años, cada vez que veía el cartel de la calle pensaba que una persona podía leer “Carlos Mosto” sin saber nada más. Después de la muerte de Blanca decidió continuar también con las charlas que su madre había brindado y comenzó a participar junto a veteranos en distintas actividades relacionadas con la memoria de Malvinas.
Dentro de su familia, sin embargo, Carlos nunca quedó reducido a la guerra. Durante todos estos años siguieron hablando de él en la mesa, recordando sus ocurrencias y contando historias de cuando eran chicos. Las cartas y los objetos que conserva Elsa permiten reconstruir una parte de su paso por Malvinas, pero la libreta universitaria, las historias de La Plata y los recuerdos familiares hablan también de la vida que llevaba antes de 1982.
Por eso, cuando Elsa habla de su hermano, aparecen el soldado y Malvinas; pero también el chico de familia, el amor por sus padres, sus hermanos, sus sobrinos y sus amigos, su sonrisa, su cabello rubio y las ganas de cumplir sus sueños. También recuerda al estudiante que trabajaba para mantenerse en La Plata y al joven que quería terminar Medicina para ejercer allí donde hiciera falta.
Para su familia sigue siendo Carlitos, todos los días.








