Argentina creció 4% en 2025, a la par que bajó la inflación desde más de 100% en 2024 a 31% en 2025. Lo hizo sin aumentar el desempleo, bajando la pobreza, en medio de un ajuste fiscal y con una cuenta corriente equilibrada. En lo que va de 2026, sumó lo que faltaba: la compra de reservas por parte del Banco Central. La macroeconomía argentina es motivo de conversación en los grandes centros financieros internacionales, que lo ven como un caso extraño de éxito de la ortodoxia en un país que nunca se caracterizó por seguir ni las reglas ni las buenas prácticas de la administración pública.
Sin embargo, el entusiasmo se cruza con la desconfianza histórica que ha despertado nuestro país en el exterior. Una desconfianza que hoy se manifiesta en una única pregunta: ¿esto va a seguir después de las elecciones de 2027?
Es una pregunta que está íntimamente relacionada con nuestra historia, plagada de decepciones y de vaivenes de política económica y de las estrategias de desarrollo que han sido demasiado brutales aún para los inversores más experimentados en lidiar con países conflictivos. Es la historia de un futuro de éxito imaginario que, como en el suplicio de Tántalo, parece quedar siempre fuera de nuestro alcance.
En el contexto de estos vaivenes pendulares, el modelo de desarrollo de la administración Milei representa un cambio rotundo respecto de lo que hemos hecho en las últimas décadas. Busca fomentar el crecimiento de los sectores más competitivos, a expensas de la necesidad de adaptarse de aquellos sectores que, para sobrevivir, necesitaban de la ayuda del Estado, mediante subsidios o protección arancelaria. El modelo quedó bien explícito en el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), que define quién puede o no adherirse: sólo lo puede hacer quien sea capaz de exportar. Es decir, de competir con el mundo.
Estamos haciendo algo diferente, probablemente necesario, y que por eso generó tanta esperanza en la ciudadanía. Pero eso no garantiza que el final sea también diferente, pues enfrenta grandes desafíos. Por diseño, la estrategia del Gobierno engendra ganadores y perdedores. Entre los obvios ganadores están el agro, la minería y la producción de hidrocarburos, donde se concentran gran parte de las ventajas competitivas de nuestro país, y hacia donde fluyen las inversiones de capital que han adherido al RIGI. Entre los obvios perdedores, aquellos sectores que quedan vulnerables a la competencia de la importación – y de los impuestos nacionales, provinciales y municipales, que siguen bajo las reglas del modelo anterior y se resisten a cambiar.
También se pueden describir las consecuencias del nuevo modelo desde el punto de vista geográfico: gana el interior, pierden los grandes centros urbanos. Algo que, a la vez, contiene una segunda derivada: en los grandes centros urbanos, en particular en el Área Metropolitana de Buenos Aires, vive la mayor parte de los votantes.
Quizás por eso, en estos centros urbanos, la calle no se siente tan entusiasmada con el experimento económico como parecerían sugerir los números macro. Quizás por eso, en algunas encuestas, la popularidad de Milei y del Gobierno empiezan a flaquear. Todo lo cual no hace más que reeditar, en la mente de los inversores internacionales, esa pregunta que repiten a quien les quiera hablar de las oportunidades que ofrece Argentina: ¿esto va a seguir después de las elecciones de 2027?
Fuente: Guzmán Etcheverry para El Entre Ríos








