El arte efímero arde y se apaga en un instante. Las carrozas estudiantiles de Gualeguaychú nos enseñan que lo sagrado no es lo eterno, sino la intensidad de lo vivido.
El desfile de carrozas estudiantiles de Gualeguaychú es uno de esos milagros efímeros. En apenas dos o tres meses se gesta un ciclo vital completo: gestación, nacimiento, desarrollo y muerte. Los adolescentes trabajan con materiales de descarte, improvisan ataduras y ensamblajes que apenas sobrevivirán al desfile. Saben, desde el inicio, que nada será permanente. Y, sin embargo, ponen todo lo que tienen. No es casualidad que esta Fiesta Nacional de Carrozas Estudiantiles en Gualeguaychú lleve 66 años realizándose de manera ininterrumpida: lo efímero, paradójicamente, se ha convertido en una tradición perdurable.
Lo efímero nos recuerda algo que la cultura de lo acumulable insiste en negar: nada es para siempre. La carroza se prepara durante meses, se muestra durante unas horas y luego desaparece. Esa fugacidad, lejos de restarle valor, lo multiplica: convierte el instante en algo sagrado, irrepetible, cargado de emoción.
Lo que queda no son las maderas ni los papeles, sino la memoria. La memoria personal de quienes la construyeron, la memoria colectiva de un público que la vio pasar, la memoria audiovisual de una foto o un video que testimonian lo ocurrido. Como la vida misma, lo efímero solo se sostiene en el recuerdo y en la huella que deja.
Para los estudiantes, construir una carroza es mucho más que un trabajo manual. Es un ritual de pasaje, una forma de jugar a ser adultos sin cargar todavía con las consecuencias definitivas de la adultez. Durante dos o tres meses aprenden a organizarse, a planificar tiempos, a coordinar roles, a detectar talentos, a administrar fondos. Descubren que lo que hace cada uno repercute en el trabajo del otro. En definitiva, aprenden que crear juntos es también vivir juntos.
Y cuando llega el desfile, lo vivido se concentra en unas pocas horas de euforia. La emoción es inmensa, tanto que al terminar se parece a un duelo: orgullo por lo logrado y tristeza por lo que se va.
Las carrozas estudiantiles de Gualeguaychú no son solo un juego adolescente: han sido la escuela donde se formaron los primeros diseñadores y directores de las comparsas actuales. En su teatralidad hay ecos del carro de Tespis, del teatro medieval ambulante, de las bacanales griegas y las saturnalias romanas. Son ofrendas a la primavera, al amor, a la juventud, a la vida misma.
El desfile, desde que las carrozas salen del galpón hasta que regresan a su lugar de origen, está cargado de un simbolismo ritual: como en toda ceremonia, hay preparación, hay clímax, hay cierre. La obra muere, pero el rito permanece.
Trabajar en algo que nace para desaparecer me enseñó una de las lecciones más profundas sobre el arte y la vida: el desapego. Crear sin esperar que dure. Dar sin reclamar permanencia. Poner el alma en algo que sabés que se irá.
En un mundo obsesionado con acumular, conservar y repetir, lo efímero choca. No todos lo entienden. Y ese es el riesgo: que estas fiestas desaparezcan algún día. Pero al mismo tiempo, lo efímero es resistencia: una defensa de lo manual frente a lo virtual, de lo analógico frente a lo digital, de lo humano frente a lo mecánico.
Lo efímero nos enseña que siempre se puede volver a empezar. Que lo importante no es lo que permanece, sino lo que se vive con intensidad. Que el valor de una obra no está en su duración, sino en la huella que deja en quienes la crean y en quienes la contemplan.
Me enseñó a soltar, a dar desinteresadamente. A entender que la vida, como una carroza estudiantil, es un collage de instantes que brillan, se apagan y vuelven a nacer.
(*) Artista plástico. Colaborar en Carrozas Estudiantiles








