Todos conocemos a alguien así, no hace falta nombrarlo.
Es el que opina de tu laburo sin haber pisado nunca tu trabajo. El que te explica tu propia vida. El que vio un título en Instagram y ya tiene un doctorado en el tema.
Por Pamela Otero (*)
Vivimos en la época del opinólogo full time. Gente que habla sin saber, sin conocer, y lo que es peor: sin preguntar al menos.
Antes, para hablar, había que saber. O al menos, tener vergüenza. Hoy alcanza con tener señal de wifi.
Y no es inocente, porque hablar sin saber no es gratis.
Cuando vos hablás sin saber de la vida de otro, no estás informando, estás inventando. Y ese invento le llega a alguien, lastima a alguien, lo condiciona.
La mujer que se separó «porque seguro lo cuerneó». El pibe que dejó la facultad «porque es vago». El comerciante que cerró «porque no laburaba». Nunca preguntamos si se separó porque sufría, si dejó porque no podía pagar, si cerró porque se enfermó.
Nos encanta la conclusión rápida. Nos da poder. Nos hace sentir que entendemos el mundo sin el esfuerzo de preguntar.
Yo lo llamo pereza moral. Es más fácil juzgar que tener curiosidad. Juzgar te pone arriba pero preguntar te podría a la par, te humanizaria.
Y acá está la trampa: las redes nos entrenaron para esto. Nos hicieron creer que opinar es lo mismo que saber. Que tener una opinión sobre todo es un derecho. No, tener opinión formada es un trabajo.
Mi mamá siempre me dice la frase : «Si no suma, no hables. Y si no sabés y te interesa preguntá».
Con tan solo preguntar nos ahorraríamos el 90% de los quilombos.
Entonces hoy les propongo un ejercicio. Antes de opinar de alguien hoy, hacete tres preguntas, en este orden:
1. ¿Yo sé de esto de verdad?
2. ¿Conozco la historia completa?
3. ¿Al menos pregunté?
Si la respuesta es no, no y no… silencio. El silencio también comunica. Dice: «te respeto lo suficiente como para no inventarte».
Porque al final, hablar sin saber no habla mal del otro. Habla pésimo de nosotros.
(*) TPD – Fac. Per. UNLP – Editorial Mate en mano Radio 2820








