Si es miércoles, hay quincho. Pero esta vez algo era diferente. Fede había organizado el menú: ravioles con salsa. Desde la ronda de mate ya se respiraba un clima especial.
Los integrantes de la comisión fueron llegando, aunque Chapa, complicado, avisó que no podría estar. Diego, Ariel y el Histórico ocuparon sus lugares. La parrilla quedó sin uso: esta vez mandaba la cocina familiar, pero el quincho seguía siendo el punto de encuentro, de cena y, por supuesto, de debate político.
La primera parte de la noche tuvo un protagonista indiscutido: el Histórico. Todos lo recibieron con alegría y lo felicitaron por el merecido reconocimiento recibido. Su rostro reflejaba esa emoción de quien siente que, después de tantos años de lucha, militancia y gestión política, alguien le devuelve una caricia al alma.
Diego, siempre atento a los acontecimientos, comentó:
—Es merecido. Y seguramente vendrán reconocimientos para otros hombres que también dejaron huellas en nuestra ciudad, con gestos y hechos importantes.
Fede no quiso quedarse afuera y lanzó su reflexión:
—¡Qué bueno lo de Davico! Dio un paso importante para cerrar esa grieta que tanto mal nos hizo y nos sigue haciendo.
Mientras tanto, Polo, que andaba inquieto y nervioso, recorría el quincho. Esta vez no estaba debajo de la mesa, como suele suceder cuando aparece su amigo personal, el Baby, que todavía no había llegado.
La demora tenía explicación: asuntos pendientes con los anzuelos en la costa. Pero finalmente Polo anunció su llegada con ladridos y movimientos que no dejaron dudas. Alguien golpeaba la puerta.
Era Baby.
Entró y, sin demasiados protocolos, fue directamente hacia el Histórico para felicitarlo.
—Gracias, pero no te vi en el acto —le respondió el homenajeado.
Baby intentó explicar su ausencia. Dio sus razones con sinceridad y el Histórico, demostrando que los años también enseñan a comprender, supo perdonarlo.
Superado el episodio, la noche recuperó su ritmo habitual. Diego, siempre atento, comenzó a organizar el servicio de la cena. Ariel, que hasta entonces había estado bastante callado, se ofreció para colaborar.
Los ravioles con salsa ya estaban listos. Fede había cumplido con la cocina y ahora llegaba el momento de sentarse, compartir la mesa y dejar que la conversación hiciera lo suyo.
Porque en El Quincho puede cambiar el menú, puede faltar algún integrante y hasta puede haber reconciliaciones pendientes, pero hay algo que nunca cambia: entre un plato de ravioles y otro, siempre aparece la política.








