Hay una Argentina que vive en los Excel del Ministerio de Economía y otra que vive en la vereda. El problema es que el ministro Caputo y el presidente Javier Milei hace meses que solo hablan de la primera, y ya no saben cómo explicar la segunda.
Por Eugenio Jacquemain (*)
Escuchamos esta semana al Presidente decir, con tono de profesor corrigiendo a alumnos lentos, que la inflación mayorista de agosto fue del 2,1%, pero que si le sacamos los alimentos y los combustibles, en realidad sería del 0,6%. Y lo dijo como un logro. Como si fuera un dato para festejar.
Presidente, con todo respeto: la gente no come planillas de Excel. La gente no carga el tanque con el índice mayorista sin alimentos ni combustibles. La gente va al supermercado y carga nafta. Justamente lo que usted decidió sacar de la cuenta es lo que le rompe el bolsillo a todos los argentinos todos los días.
Esa frase del 0,6% en la inflación mayorista resume la contradicción brutal en la que estamos viviendo. Es la consagración del divorcio entre el relato oficial y la realidad. Caputo por su lado anuncia que «lo peor ya pasó», que tenemos superávit, que la inflación se está domando. Y en términos técnicos, tiene razón. La inflación bajó del 25% mensual que dejó el gobierno anterior al 3% o 4% actual. Eso es un dato. Nadie lo niega. Pero la pregunta que no responde ningún funcionario es: ¿de qué sirve que la inflación sea menor si los sueldos siguen sin alcanzar? Porque esa es la realidad que no entra en el PowerPoint.
El trabajador formal cobra un sueldo que se ajustó un determinado porcentaje en el último año, con una inflación acumulada que lo pasó por arriba. El informal, ni hablar. El jubilado que cobra la mínima elige entre remedios y comida. El cuentapropista de acá, de Gualeguaychú, que antes cambiaba la camioneta cada tres años, hoy no sabe si llega a pagar el alquiler del galpón.
Nos dicen que la inflación baja, pero no nos dicen que baja porque nadie compra. Baja porque hay recesión. Baja porque se planchó el consumo. Las fábricas producen menos, los comercios venden menos, las pymes echan gente. Es una desinflación a costa de fundir la economía real.
Y mientras tanto, la plata no alcanza a fin de mes. Esa es la frase que se repite en todas las casas. No es una sensación, como nos quieren hacer creer. Es matemática pura. Con una canasta básica familiar en más de un millón y medio de pesos y salarios de 700 u 800 mil en plena línea de indigencia, la cuenta no cierra. No hay 0,6% deinflación que te salve.
El gobierno festeja que ordenó la macro. Y está bien, había que ordenarla. Pero ordenar la macro no puede ser a costa de desordenarle la vida a toda la micro. No se puede vivir de superávit fiscal si ese superávit se consigue pisando jubilaciones, frenando obra pública, ajustando en educación, salud y asfixiando a las provincias.
La contradicción es flagrante: nos muestran gráficos que suben y heladeras que se vacían. Nos hablan de confianza de los mercados y la gente desconfía de si va a poder pagar la luz el mes que viene. Nos dicen que somos el mejor gobierno de la historia y la calle te dice que no llega al 20.Ese 0,6% sin alimentos ni combustibles en la inflación mayorista es la metáfora perfecta de este momento. Es un país sin lo esencial. Un índice sin comida y sin energía es como un cuerpo sin sangre. Podrá dar bien en la planilla, pero está muerto.
La economía no es solo un número de inflación. La economía es si un padre puede darle de comer a sus hijos, si un joven puede proyectar alquilar, si un abuelo puede comprar sus pastillas. Y hoy, por más que Caputo y Milei nos digan que los números están buenísimos, la respuesta en la calle es no. No alcanza. Y hasta que no lo entiendan, por más que el Excel diga 0,6%, la realidad va a seguir diciendo 2,1% y muchas otras cosas más.
(*) Editorial Fuera de Juego – Somos Entre Ríos- 5-10-26








