En medio de la matanza que sobrevendría, primero en España y luego en buena parte del resto del mundo, el pensamiento sería puesto a prueba. No alumbró un modo nuevo de concebir e interpretar; antes que eso es la descomposición del modo de concebir e interpretar de la modernidad, de su orden político.
El pensamiento está en retirada, al menos el fundado en conceptos. El politólogo italiano Giovanni Sartori comienza su libro «Homo Videns: la sociedad teledirigida» con la noticia de la muerte del pensamiento conceptual: «El homo sapiens, producto de la cultura escrita, se está transformando en homo videns, para el que la palabra está destronada por la imagen».
Esta transformación puede ser evolución o involución según se mire. El psicólogo suizo Carl Gustav Jung adelantó la hipótesis de que los mamíferos superiores pueden pensar uniendo imágenes, no conceptos.
Si entendemos que el ocaso del pensamiento conceptual nos aproxima a los animales y es una pérdida sin compensación, es una involución; pero es una evolución si aceptamos la tesis que Barbara Hannah, discípula de Jung, expuso en «El simbolismo animal arquetípico»: el animal es sublime, representa de hecho el costado «divino» del psiquismo y el «conocimiento absoluto» del inconsciente.
En contraste con el hombre, el animal es el ser vivo que sigue su ley propia más allá del bien y del mal y en este sentido, es superior.
Visto desde los conflictos interiores del mundo en que vivimos la perspectiva se encoge considerablemente y es preponderante la cuestión de cuál de los grupos políticos enfrentados promueve los cambios, a quién favorecen y de qué modo cada cual busca afirmar su poder y su provecho tratando de engañar a los demás.
En la línea de Sartori el homo sapiens es resultado del saber conceptual, de la cultura del libro. Si pierde la capacidad de abstracción -que no todos tienen, alguno solo alcanzan a generalizar- involucionaría hacia homo insipiens, es decir al hombre necio e ignorante.
Desde este punto de vista, relacionado con la necesidad política de reducir al adversario, el peligro del deterioro del pensamiento conceptual es la incapacidad de articular ideas claras.
El «hombre-imagen», continuación del «video-niño» de Sartori es pobre en ideas, fácil de fascinar y seducir; no aprecia vínculos lógicos. Cede a los impulsos, es emotivo y quiere ver resueltas sus necesidades al momento. Para el hombre-imagen no hay certezas ni grandes ideologías.
Y sobre todo, en la lucha política no cuestiona la falta de transparencia ni la irresponsabilidad de los gobiernos y acepta sin cuestionar las regulaciones que le imponen las élites.
Para el estadounidense John Zerzan esas élites son ahora los que con un término usurpado se llaman a sí mismos «libertarios», que según él «promueven las estupideces del individualismo mercantil»
Zerzan ejemplifica su punto de vista con la invasión europea a Abya Yala: En su tendencia dominante, los europeos no soportaban la imagen del buen salvaje que había construido Rousseau. El nativo americano estaba lejos de la dominación simbólica que era el centro del mundo del hombre blanco: una máquina devastadora de producción mercantil.
El postpensamiento sigue el camino que inició a mediados del siglo XX y ha determinado cambios en las democracias occidentales que aparecen ya como avances, ya como retrocesos.
Retroceso son la incertidumbre y la confusión prevalecientes tanto en los conducidos como en los que pretenden conducir, y también la perversión del lenguaje que en medio de la confusión suele pasar por liberación. En realidad el léxico se ha empobrecido y con él la capacidad de entender el mundo.
El postpensamiento usa su lógica propia y su lenguaje, que es excluyente al punto que impone la cancelación intolerante de los discursos opositores.
De la confusión que anida en el postpensamiento surge la posverdad, el nombre postmoderno de la mentira de cualquier tiempo.
Fuente: AIM.








