En la retórica de la ultraderecha nacionalista, conservadora y antirepublicana —esa que se autodenomina “liberal” pero transpira autoritarismo— el insulto no es un desliz: es una estrategia comunicacional bien calculada.
Opinión Por Eduardo Irigoyen García (*)
Insultan con ganas, con insistencia y con placer.
Y el insulto favorito no es cualquier insulto: suele ser sexual, escatológico o cargado de misoginia y homofobia.
¿Por qué tanto interés en “romper el culo”, “hacerlos llorar como nenas” o “gozar con el llanto zurdo”?
Porque no se trata solo de ofender: se trata de someter simbólicamente al otro, ridiculizarlo y deshumanizarlo.
La política convertida en bullying
Esta retórica mezcla la masculinidad tóxica con el goce de humillar al adversario.
El lenguaje se vuelve bélico, pornográfico, fálico.
Y funciona: excita, genera adhesión tribal, moviliza emociones básicas y silencia el debate racional.
Frases como “zurdito llorón”, “les arde el orto”, “te vamos a partir en dos” o “feminazi de mierda” son moneda corriente en los discursos de ciertas figuras que afirman decir la verdad sin filtro, se escudan en la libertad de expresión y en la sinceridad, pero en el fondo usan la violencia verbal como método de control social.
El insulto es performativo: produce el sometimiento que enuncia.
¿Quién lo hace?
Varones que apelan a una masculinidad violenta, ridiculizan lo que perciben como debilidad (la sensibilidad, el feminismo, la diversidad sexual).
Milei, un caso ejemplar
El presidente Javier Milei encarna esta estrategia como pocos.
Se presenta como un “liberal libertario”, pero su estilo tiene más de caudillo autoritario que de demócrata clásico. Sus insultos en redes, entrevistas y actos públicos apuntan a la humillación directa: no solo contra adversarios ideológicos (kirchneristas, sindicalistas, progresistas), sino también contra periodistas, artistas, feministas o incluso aliados que no le obedecen.
Todo lo convierte en un combate, donde la moderación es debilidad y el insulto es señal de autenticidad.
Así, desprecia abiertamente a los «tibios» y centristas.
Sus seguidores locales apuntan contra el batllismo por “estatista” e incluso al expresidente Lacalle Pou, a quien ha acusado de “socialdemócrata”, como si eso fuera un crimen.
Para esta visión binaria, hay solo dos bandos: los fanáticos y los enemigos.
Pero ojo: la izquierda autoritaria también insulta
No se trata de idealizar al campo opuesto. La izquierda populista e inmadura también ha cultivado esta estética de la violencia verbal y simbólica, sobre todo en América Latina.
Basta con recordar:
A Hugo Chávez, con sus alocuciones interminables, descalificaciones personales y amenazas veladas.
A Nicolás Maduro, que además de la represión real, ha insultado a opositores con lenguaje escatológico, machista y militarista.
A ciertos sectores radicalizados que han convertido el debate público en una trinchera donde todo desacuerdo es traición, y todo centrista, un “fascista disfrazado”.
En ambos extremos, lo que predomina es el desprecio por la democracia deliberativa, por el disenso razonado y por la complejidad. En ambos extremos, se busca la obediencia y la humillación del otro. El insulto se vuelve una forma de censura emocional.
¿Por qué tanto énfasis en el ano?
Podría parecer anecdótico, pero no lo es. La insistencia en el insulto anal (“te rompimos el orto”, “los garchamos”) tiene un trasfondo profundamente homofóbico y patriarcal: asocia la penetración con la dominación, y lo pasivo (lo femenino, lo no normativo) con la derrota.
Es una forma primitiva pero efectiva de decir: “te vencí, te hice mío, te anulé”.
En sociedades machistas, sigue siendo una de las formas más comunes de expresar poder.
Cuidado con confundir libertad con impunidad
Muchos de estos líderes se presentan como defensores de la libertad, pero no hay nada más contrario a la libertad que fomentar el odio y la exclusión. No hay pensamiento libre donde reina el escarnio, ni respeto por los derechos individuales en quienes naturalizan el sometimiento del otro como forma de triunfo político.
Reivindicar la libertad de expresión no significa celebrar la violencia verbal. Significa, sobre todo, crear condiciones para que todas las voces puedan hablar sin miedo a ser ridiculizadas, deshumanizadas o sometidas a escarnio fálico-simbólico.
En este clima, los verdaderos liberales, los republicanos, los humanistas, los reformistas, los demócratas sinceros quedan arrinconados. Porque ni la derecha con su lenguaje violento ni la izquierda con su autoritarisno toleran los matices. Ambos detestan al “tibio”, al moderado, al que duda, al que escucha, al que no se suma al griterío.
Pero necesitamos más que nunca a esos tibios.
Necesitamos más el ejemplo del Flaco Atchugarry y de Hugo Batalla que de Trump o Milei.
Más respeto, menos gritos.
(*) Periodista (Río Negro – ROU)








