La murga, expresión artística que combina participación barrial, música y teatro callejero, constituye un acto social y es patrimonio cultural inmaterial. “Participar en una murga barrial es ser parte de una expresión de los barrios ante determinadas necesidades”, afirmó a AIM Jorge Farías, participe de Tres deseos, una de las agrupaciones que participa del Corso Popular Matecito, una de las fiestas populares más importantes de Gualeguaychú.
El corso, que concentra la participación de amigos o barrios de la misma ciudad, constituye un acto social creado por los participantes que impulsan, en este patrimonio cultural inmaterial, un sentimiento de cohesión y solidaridad que los induce a participar en las murgas, que nacen como una parte importante del carnaval. Se trata de un fenómeno cultural popular, una expresión artística que combina música, ingenio, teatro callejero, amor y pasión.
Matecito, corso y memoria
En diálogo con esta Agencia, Farías se refirió a lo que significa para él ser partícipe de esta fiesta popular. “Para mí, participar en una murga barrial, es ser parte de una expresión de los barrios ante determinadas necesidades, y que la única forma en que se escuchan es a través del clamor barrial. En otros casos son historias sucedidas que se transforman en temáticas, por ejemplo, una historia de amor”.
Jorge pone pasión en el relato. Y no es para menos: Es parte, vida y acción del corso popular Matecito, y en esa expresión, de la murga Tres deseos.
“Las murgas me fascinaron desde la infancia: veía en ellas una integración barrial, que no se daba en lo cotidiano y que muchas veces era ocultada. En mi adolescencia, concurría a ver los ensayos de alguna murga barrial de la zona, pero no participaba. Sin embargo, me configuraba mentalmente: ¿Cómo sería la sensación de participar desde adentro, salir a las calles y trasmitirle al público la pasión que se siente al ser parte de una de ellas?”.
También explicó a AIM que “formar parte de esta murga, allá por 2012-2013, fue muy curioso, ya que el destino quiso que me mudara a una casa cerca del centro de Gualeguaychú, cuyo fondo lindaba con otra propiedad. Yo no conocía a los vecinos que la habitaban, porque su ingreso estaba sobre una de las calles paralelas a mi vivienda. Pero comenzado ese verano, uno de mis hijos, el mayor, vino con la novedad de que iba a participar de una murga, la murga de a la vuelta de casa. En ese momento no dije nada. Pero al sentir esa temporada como ensayaban y los temas que tocaban con sus cornetas, la batucada y los trajes con que se preparaban, me hacían poner la piel de gallina. Además, escuchaba, sin conocer a nadie, como se reunían, como se saludaban y los momentos que compartían, seguramente un momento de distención para olvidar las penurias de su semana agitada, atravesada distintos dilemas”.
Contó además que “esa murga era multitudinaria, impresionaba cuando subían todos vestidos al micro, con sus trajes multicolores y el sonar de cornetas, platillos y acordes; parecía que iban a una cancha. Fui a ver los corsos barriales y no me quedó ninguna duda: tenía que participar”.
El fuego sagrado: Ser y pertenecer
En la siguiente temporada, durante los primeros ensayos, Jorge preguntó a su hijo si había lugar en la murga, y le dijo que si era necesario hablaba con los responsables.
“Obvio, había lugar, fui, hablé con Pablo Peruzzo y Marina Correa, mis vecinos de a la vuelta: me presenté y les comenté de mis ganas de participar, explicándoles que no tenía idea cómo se usaba la corneta murguera, un instrumento musical que se fabrica íntegramente de manera artesanal. No fue impedimento, las ganas y la voluntad pueden más que todo. El fuego sagrado que uno lleva adentro, hace que todo sea posible”.
Fue bien recibido: “Entré en un nuevo mundo, tal vez más profundo del que me imaginaba. Gente (familias) de distintos lugares de la ciudad, pero con las mismas ganas, la de salir y disfrutar y alegrar al público que se congrega en estos corsos populares sin distinción de clase social. Aún con la vista atónita de algunos prejuiciosos que concurren a ver los corsos para tener algo más que comentar hasta la próxima salida de las murgas”.
Matecito, la expresión más auténtica del carnaval
Para Jorge, Matecito es la expresión más auténtica del carnaval de Gualeguaychú, “más a sabiendas que este corso tiene sus orígenes a finales del siglo XIX, que luego fueron mutando y se confundieron ya que actualmente, mas la gente que no es de Gualeguaychú, o las nuevas generaciones, se expresan hablando de murgas y comparsas como si fueran lo mismo y claramente no lo son. Algunos memoriosos o sobrevivientes de esa época darán sus distintos relatos, dependiendo del lugar que ocuparon. Pero no quedan dudas que la primera expresión de estas fiestas encuentra sus orígenes en las expresiones barriales llamadas ‘murgas’ y el tradicional ‘corso Matecito’”.
– ¿Matecito reafirma al carnaval como una de las manifestaciones culturales más representativas de la comunidad?
-En efecto y lo sostengo, debe seguir siendo la expresión de la comunidad que trasmite a la sociedad un mensaje, más allá de las cornetas y batucadas, el mensaje se encuentra en la letra de las canciones que se componen y que a garganta pelada se cantan en el barrial, delante de los jurados.
A pesar de los años transcurridos desde su primera edición, Matecito mantiene aún un fuerte espíritu comunitario. “Entiendo que es un lugar de encuentro donde se juntan las familias tanto de las murgas que participan, así como las familias en general, y se ayudan mutuamente. Permiten reencuentros y a veces viejas disputas de barrios. Porque aun con esa asimetría es la necesidad de tener contacto entre sí, aunque sea visualmente. El corso unifica por un rato lo que la semana separa”, reflexionó.
Familia murguera
Consultado si en su familia es el único que participa de la murga, indicó que no: “Si bien llegué por mi hijo mayor, en la actualidad me acompaña mi hijo menor. Asi que podemos decir que hay un poco de legado familiar. Esto es importante de destacar y de divulgar, que no se debe perder. Es necesario, como parte de la cultura, no perder este tipo de encuentros y eventos. Es una forma de contención y acompañamiento. Saber de la situación de los demás y a veces ayudar a mitigar sus padeceres cuando se puede. A veces hay mucha gente que necesita compañía y olvidarse de sus momentos tristes y pensar en otra cosa, escuchar algo distinto o, simplemente, desahogarse. Las murgas barriales son un espacio muy importante en el tipo de sociedades que habitamos hoy”.
Carnavales de antaño
Sobre cómo celebraban el carnaval sus abuelos, admitió no tener mucho conocimiento, “ya que por parte materna no los conocí y por parte paterna ya eran muy grandes y no tuve oportunidad de compartir con ellos nada de esto”, pero aclaró que “es necesario que no se pierda esta tradición. Representa a los barrios y además genera a través de las vinculaciones y conocimientos otras oportunidades post murga”.
“Para finalizar y parafraseando frases vistas en distintas paredes de la ciudad y clubes, esto sería ‘una hora más en la murga, es una hora menos en …’”, enfatizó. Es que, para Jorge, el amor, la pasión, los sueños y la igualdad, conviven en ese espacio sagrado que se llama “murga”.
Fuente AIM








