Todos conocemos a alguien que parece poner piedras en su propio camino. Esa persona que posterga una decisión importante, abandona un proyecto cuando estaba a punto de lograrlo o deja pasar oportunidades que llevaba años esperando. Lo curioso es que, muchas veces, esa persona somos nosotros.
Por Melody Varisco (*)
Desde afuera suele interpretarse como falta de voluntad o de compromiso. Sin embargo, la experiencia clínica muestra que el fenómeno suele ser mucho más complejo. No siempre dejamos de avanzar porque no queremos hacerlo. En ocasiones, una parte de nosotros desea profundamente el cambio, mientras otra intenta evitarlo a cualquier precio.
A ese fenómeno la psicología lo conoce como autosabotaje o autoboicot.
El autosabotaje rara vez aparece de manera evidente. No suele decirnos «voy a impedirte alcanzar tus objetivos». Se presenta con disfraces mucho más sutiles: la procrastinación, el perfeccionismo que nunca permite terminar nada, las dudas constantes, la sensación de que todavía falta prepararse un poco más o la costumbre de abandonar justo antes de obtener un resultado.
Paradójicamente, cuanto más importante es un objetivo para nosotros, mayor puede ser el miedo que despierte. No solo existe el temor al fracaso. También puede aparecer el miedo al éxito: al cambio, a las nuevas responsabilidades, a las expectativas propias y ajenas o, simplemente, a dejar atrás una identidad conocida para convertirnos en alguien diferente.
Por eso muchas personas viven una experiencia desconcertante: trabajan duro, hacen planes, tienen deseos genuinos de crecer y, aun así, sienten que algo dentro de ellas tira en dirección contraria.
Lejos de ser un signo de debilidad, esta contradicción forma parte de la complejidad de la mente humana. Comprenderla es el primer paso para dejar de culparse y empezar a preguntarse qué está intentando proteger esa parte de uno mismo que parece resistirse al cambio.
Quizás la pregunta más importante no sea por qué nos saboteamos, sino qué historia hay detrás de ese comportamiento. Porque, muchas veces, el obstáculo no es el enemigo. Es un mensaje que todavía no hemos aprendido a escuchar.
Una idea desarrollada por el psiquiatra Carl Gustav Jung que puede ayudar . Especial para AIM.








