martes, septiembre 22, 2026

El insulto como política de estado

milei y los posteos en x
Orilla y Media TV

Hay un momento en la vida de un gobierno en el que el insulto deja de ser un exabrupto, un mal día, un tuit escrito con bronca.

 Por Eugenio Jacquemain (*)

Hay un momento en el que el insulto se convierte en método. En doctrina. En política de Estado.

Javier Milei cruzó hace rato esa línea.

Uno de sus  últimos mensajes en X, donde vuelve a referirse a los periodistas como «mierdas», no es una anécdota de un presidente temperamental. No es folclore. No es «la forma auténtica de comunicar que tiene Javier».

Es la confirmación de algo mucho más grave y mucho más peligroso: para el poder actual, el periodismo no es un actor incómodo de la democracia. Es el enemigo a destruir.

Miremos la secuencia. Porque esto no es nuevo.

Primero fueron «los ensobrados». Después «los sicarios con credencial». Después «los chimentos de peluquería». Ahora, directamente, «mierdas».

Cada escalón es un poco más bajo. Cada insulto es un poco más violento. ¿Y saben por qué? Porque funciona. Porque mientras discutimos si nos dijo “de tal manera”, no estamos discutiendo lo que no quiere que discutamos: el ajuste que no cierra, los jubilados que no llegan a fin de mes, los remedios que no aparecen.

El insulto es cortina de humo. Pero es también algo peor: es disciplinamiento.

Milei en estos casos, no discute notas. No rebate datos con otros datos. No desmiente con pruebas, con papeles, con documentos. Insulta.

Y al insultar, busca algo más profundo que una pelea en redes sociales. Busca deshumanizar.

Cuando un Presidente de la Nación, con el peso de la banda presidencial, con el poder del Estado detrás, con millones de seguidores (incluidos los bots), llama de esa manera a quien pregunta, a quien investiga, a quien repregunta… no está ejerciendo la libertad de expresión. Está abusando de su investidura para intentar silenciar. Está mandando un mensaje a todos los demás: miren lo que les pasa a los que se meten conmigo.

Y hay que decirlo con todas las letras: esto no es valentía. Esto es cobardía institucional. Porque es muy fácil pelearse con un periodista. El periodista no tiene fueros, no tiene SIDE, no tiene cadena nacional, no tiene ejército de trolls pagos.

Lo difícil es pelearse con los poderosos de verdad.

Nos quieren convencer de que el problema es el periodismo militante. Que el problema son los periodistas que opinan. Y acá es donde tenemos que ponernos firmes.

El verdadero pilar del periodismo nunca fue ser vocero del poder. Nunca fue aplaudir. Nunca fue repetir el parte oficial que manda Presidencia o Gobernación a las 8 de la mañana.

El periodismo nació para lo contrario. Nació para incomodar al poder. Para hacer la pregunta que el funcionario no quiere escuchar. Para alumbrar exactamente ahí, donde el poder quiere oscuridad.

Un periodista que es vocero no es periodista. Es empleado del poder. Es un relacionista público. Y un poder que solo quiere voceros, que solo tolera aplaudidores, no quiere democracia. Quiere propaganda. Quiere un coro.

Por eso, en cada redacción de este país, en cada pueblo, en cada ciudad, aprendemos una máxima que hoy vale más que nunca y que quiero que quede grabada:

Si un periodista incomoda al poder, si recibe un apriete, en las rredes o personalmente, esa noche, el que duerme tranquilo es el periodista. Porque hizo su trabajo. Porque no se arrodilló. Porque no negoció su credibilidad por un like o retuit del funcinario. Porque entendió que su lealtad no es con el sillón de Rivadavia, sino con la gente que necesita saber qué pasa cuando se apagan las cámaras.

Milei confunde crítica con ataque y periodismo con oposición partidaria. Y lo hace a propósito.

Necesita crear un enemigo permanente para sostener su relato épico. Una épica donde él es el único bueno, rodeado de malos. Si no son los políticos, son los economistas. Si no son los economistas, son los artistas. Y ahora, de forma permanente, somos los periodistas. El chivo expiatorio perfecto.

Cada insulto suma likes de su núcleo duro, que festeja la agresión como si fuera gestión. Pero cada insulto le resta un ladrillo a la calidad institucional del país que dice querer reconstruir. No se puede hablar de libertad mientras se intenta aplastar la libertad de prensa.

No se puede hablar de una Argentina distinta insultando como lo hacían los peores caudillos del siglo pasado.

No hay libertad posible sin prensa libre. Y no hay prensa libre si desde la cima del Estado se la hostiga, se la estigmatiza y se la trata de ensuciar con los peores calificativos.

El Presidente puede insultar en X todo lo que quiera. Tiene el derecho. Lo que no puede es pretender que nos acostumbremos. Lo que no puede es pretender que naturalicemos que llamar de la manera que o hizo al que piensa distinto, es normal.

No es normal. No está bien. Y no lo vamos a dejar pasar.

Porque cuando se acostumbran a insultar a los periodistas, mañana se acostumbran a perseguirlos. Y pasado, a callarlos.

Y ahí, cuando se calla el periodismo, no gana Milei. No gana la oposición. Perdemos todos. Pierde usted, que está del otro lado mirando y que tiene derecho a saber.

Nosotros vamos a seguir acá. Incómodos. Preguntando. Molestando. Como tiene que ser.

Y para aquellos a los que le molestó esta editorial, les dejo esto último. En nuestra provincia, en Entre Ríos, hay un gobernador de otro signo político al  del Presidente preso en una cárcel común por corrupción, gran parte de lo que lo puso allí, fue la valiente investigación de un periodista.

 (*) Editorial Fuera de Juego -Somos Entre Ríos. 21-9-26

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