martes, septiembre 29, 2026

Jorge Durietz en Gualeguaychú: cuando una canción te devuelve a vos mismo

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Orilla y Media TV

Fui a escuchar a Jorge Durietz y terminé escuchándome a mí. No es una metáfora. Pasó hace unos días en la Asociación Musical, en calle Rivadavia, en Gualeguaychú. En esa sala que suena a madera y a historia, donde se hizo el primer “Acusticazo”. Un encuentro de trovadores de Gualeguaychú, Gualeguay, Concepción del Uruguay y Buenos Aires. Y al centro, él. Flaco, de pelo largo blanco, con una guitarra y más de cincuenta años de canciones encima.

Por Eugenio Jacquemain  

Histórico integrante de Pedro y Pablo, junto a Miguel Cantilo. Pionero del rock nacional, cuando el rock era una acústica y una letra que la dictadura no entendía. Personalidad destacada de la cultura. Pero nada de eso importaba ahí. Al finalizar, cuando arrancó con los primeros acordes de “La Marcha de la Bronca”, pasó algo que no me esperaba.

Yo tenía 17 o 18 años de nuevo. “Bronca porque ríen satisfechos / los que te han quitado tus derechos…”. Esa canción la cantábamos a los gritos en el 82, en el 83, en los amaneceres de los campamentos en el Ñandubaysal o en los asados de amigos. La cantábamos mal, desafinados, pero con una convicción que hoy me da pudor recordar. Porque creíamos que el mundo se podía cambiar con una canción. Creíamos que decir “bronca” era suficiente para que las cosas cambiaran. Y sentado en ese moemento ahí, con 60 y pico, con una hija, con cuotas, con reuniones, sentí vergüenza y alivio al mismo tiempo. Vergüenza de haberme olvidado un poco de esa bronca. Alivio de darme cuenta de que no la perdí.

Porque eso es lo que pasa. Uno no deja de tener ideales. Uno los va corriendo a un costado. Primero viene el laburo, después la familia, después el crédito, después el cansancio. Y sin darte cuenta, esa versión tuya que quería cambiar el mundo, que no transaba, que creía en la solidaridad, en la canción de protesta, en la utopía, queda guardada en un cajón. No se muere. Queda ahí, como un disco viejo, de esos que escuchábamos en el Winco.
Durietz lo sabe. Por eso no hace un show de nostalgia. No es un tributo a sí mismo. El tipo, a los 70 y pico de años, te canta una zamba, una chacarera, un candombe y después te canta “Catalina Bahía” como si la hubiera cantado ayer por vez priemra. No te vende el pasado. Te trae el pasado al presente y te pregunta: ¿qué hiciste con aquello que prometiste? Esa es la potencia de la música que nos marcó. No es solo melodía. Es memoria emocional. La neurociencia lo explica, pero nosotros lo sabemos sin ciencia. Hay canciones que son una máquina del tiempo. Escuchas tres acordes y volvés a oler el patio del colegio, a sentir la mano de tu primera novia, a recordar qué querías ser cuando fueras grande.

Eso me pasó a mí el otro día y seguramente le pasó a muchos de los que estábamos en ese hermoso lugar. Muchos no éramos solo personas viendo a un prócer del rock, éramos personas reencontrándose con su propia juventud. Y ahí está la clave que nos dejó la noche.

Durietz y Cantilo escribieron “La Marcha de la Bronca” en 1970, en plena dictadura de Onganía. Censurada, prohibida, cantada bajito. Hoy, decenas de años después, sigue vigente porque la bronca sigue vigente. Bronca por los que se olvidan que son gente. Bronca por la desigualdad, por la mentira, por los pibes que no comen.

Yo no perdí mis ideales. Los dejé en segundo lugar. Los archivé para poder funcionar. Y creo que a muchos de mi generación les pasó lo mismo. Nos volvimos más pragmáticos, más tolerantes, más cansados. Aprendimos a negociar. Pero en algún rincón, sigue sonando bajito esa marcha.

La música tiene ese poder brutal que no tiene ningún discurso político, ningún editorial, ninguna red social. Te desarma. No te pide permiso. Entra y te dice: che, ¿te acordás quién eras? Salí de la Asociación Musical tarareando. En la vereda, Silvia, viejos amigos de la secundaria y yo, nos mimetizábamos con los recuerdos, no me equivoco si creo que viajamos en el tiempo y en vez del DeLorean de Martin McFly usamos de vehículo una melodía.

Volví del Acusticazo con una extraña mezcla de melancolía y esperanza. Melancolía por el pibe que fui. Esperanza porque ese pibe todavía está. Y entendí que quizás no se trata de volver a tener 18 años. Se trata de dejar que ese pibe de 18, de vez en cuando, nos venga a retar un poco. Nos pregunte si estamos viviendo como queríamos vivir.

Gracias Asociación Musical Gualeguaychú por esta oportunidad, gracias, Marcelo por ser el puentes. Gracias Jorge, por eso. Por no ser un museo. Por ser un espejo.

 

Orilla y Media TV