La visita de Javier Milei al colegio ORT dejó una imagen potente y una contradicción aún más potente.
Por Eugenio Jacquemain (*)
Un Presidente de la Nación parado frente a alumnos secundarios explicando, cuestionando y rebatiendo la teoría marxista. Hasta ahí, nada que objetar. Es más: es deseable. Que un jefe de Estado vaya a un colegio a debatir ideas, a poner sobre la mesa corrientes económicas, a discutir sobre Marx, sobre el capitalismo, sobre el rol del Estado, es lo que debería pasar en una escuela.
El problema no es lo que hizo Milei en la ORT. El problema es lo que hizo Milei haciendo lo que Milei critica que se haga.
Durante años, el espacio libertario construyó una parte central de su discurso sobre una denuncia muy clara: «basta de adoctrinamiento en los colegios». Se acusó – con razón o sin ella, ese es otro debate – a los gobiernos anteriores de usar las aulas para bajar línea, de hablar de política en las escuelas, de llevar militancia a los secundarios. Se dijo que la escuela tenía que ser un lugar neutral, sin ideología, dedicado a enseñar y no a adoctrinar. Esa bandera prendió fuerte en miles de familias que sentían que en el aula se hablaba más de política partidaria que de contenidos.
Ahora bien, ¿qué es pararse frente a cientos de adolescentes en edad de formación, con la investidura presidencial, con todo el aparato de cámaras y redes, a explicar por qué el marxismo está mal y por qué lo contrario está bien, si no es exactamente hablar de política en los colegios?
No estamos cuestionando el contenido. Podríamos estar discutiendo a Marx durante horas. Podríamos estar de acuerdo o en desacuerdo con la crítica de Milei al marxismo. Ese no es el punto de esta editorial. El punto es la forma y la coherencia del discurso público.
No se puede sostener durante cuatro años que hablar de política en los colegios es adoctrinamiento y después celebrar que el propio Presidente hable de política en los colegios, porque habla de mi política. Porque entonces no estábamos en contra del adoctrinamiento. Estábamos en contra del adoctrinamiento del otro.
Y eso es peligroso, porque vacía de contenido la discusión de fondo que sí tenemos que dar: ¿tiene que haber política en las escuelas?
Nuestra respuesta es sí. Rotundamente sí.
La escuela secundaria, y mucho más la universidad, no puede ser una burbuja aséptica. No puede ser neutral frente a las ideas. Porque la neutralidad no existe. Un colegio que no habla de política, también está tomando una posición política: la de formar ciudadanos apáticos, desinformados, sin herramientas para entender el mundo que los rodea.
Los jóvenes votan, los jóvenes ya eligen presidente. ¿Cómo les vamos a pedir que elijan sin haber conocido nunca qué es el marxismo, qué es el liberalismo, qué es el keynesianismo, qué es el peronismo, qué es el libertarismo? ¿Cómo van a debatir si nunca les permitimos debatir?
Y en este punto es donde vale la pena detenerse a reivindicar el rol insustituible de la escuela: la escuela no está solo para enseñar matemáticas y lengua, está para entregar herramientas para vivir en sociedad, y no hay herramienta más importante que el conocimiento político y ciudadano. Que un chico entienda qué es una Constitución, qué son sus derechos, qué significa el Estado de Derecho, cómo funciona una república, qué propone el liberalismo, qué plantea el marxismo, qué defiende el socialismo, el conservadurismo o el peronismo, que es la democracia, no es adoctrinamiento, es formación. Es darle el mapa completo de las ideologías que mueven el mundo para que pueda, con espíritu crítico, elegir su propio camino. Una escuela que esconde la política no forma ciudadanos libres, forma ciudadanos manipulables. Una escuela que explica todas las ideologías, con pluralidad, con debate y con respeto, forma jóvenes que no repiten consignas, sino que piensan por sí mismos.
Que Milei vaya a la ORT y hable de Marx es, en términos pedagógicos, excelente. Que adolescentes puedan preguntar, refutar, escuchar a un Presidente argumentar, es formación cívica en estado puro. Eso es lo que debería pasar siempre. Tendrían que ir todos los presidentes, todos los economistas, todos los referentes de todas las corrientes. Deberían entrar la izquierda y la derecha, el radicalismo y el peronismo, los libertarios y los ambientalistas. La escuela debería ser el gran ágora donde todas las ideas circulen.
Por eso lo de ORT no debería ser una excepción, debería ser la norma. Pero para que sea la norma, tenemos que dejar de usar la palabra «adoctrinamiento» como arma arrojadiza.
Adoctrinamiento es cuando solo se permite una voz. Cuando no se puede preguntar. Cuando se baja una verdad revelada y no se admite la crítica. Debate, en cambio, es cuando se exponen corrientes, se confrontan ideas, se invita a pensar.
Lo que sucedió en ORT fue debate. Y está bien. Lo que está mal es que desde el mismo espacio que lo promueve se haya condenado durante años cualquier otro debate con la etiqueta de adoctrinamiento.
No se puede indignar porque un docente hable de Estado presente en un aula y aplaudir porque un Presidente hable de Estado ausente en la misma aula. O las dos cosas son adoctrinamiento, o las dos cosas son formación política. No hay doble vara posible si queremos ser serios.
Milei, al ir a la ORT, sin quererlo, le dio la razón a aquello que decía combatir: demostró que la política tiene que estar en la escuela. Que a los pibes hay que hablarles de ideas, no ocultarles ideas. Que una escuela que discute marxismo es mejor que una escuela que lo esconde.
Ojalá haya entendido, después de esa charla, que el problema nunca fue que se hablara de política en los colegios. El problema siempre fue que se hable de una sola política, sin debate, sin pluralidad.
Si la visita a la ORT sirve para abrir esa puerta, para que a partir de ahora todos puedan ir a hablar a todos los colegios, bienvenida sea. Pero que no nos vendan que cuando habla el adversario es adoctrinamiento y cuando hablamos nosotros es batalla cultural. Porque es exactamente lo mismo, con distinto cartel o fachada.
(*) Editorial Fuera de Juego – Somos Entre Ríos 31-8-26








