El miércoles llegó cargado de murmullos políticos. No había leños secos, pero sí brasas de carbón que alcanzaban para mantener encendida la discusión. Las tradicionales tablitas hicieron lo suyo y, mientras la carne empezaba a largar aroma, alguien lanzó la primera chicana.
—Como los porteños… carne asada sobre carbón.
La risa fue breve. Federico aprovechó el comentario para llevar la charla al terreno donde mejor se mueve.
—El que se complicó fue el porteño que tenemos de gobernador. Con la comida de los gurises no se juega.
El «Baby», que hace rato dejó de ser baby y habla con la experiencia de los años, no tardó en responder.
—Se complicó solo. Quiso cambiar un programa que durante más de veinte años funcionó con alimentos frescos producidos en Entre Ríos. Eso generaba un círculo virtuoso: el dinero de los entrerrianos quedaba en la provincia, trabajaban nuestros productores y comían nuestros chicos.
Ariel, recién llegado, pidió la palabra.
—¿Para qué cambiarlo? ¿Por qué? Si había irregularidades o corrupción, que denuncien con nombre y apellido y castiguen a los responsables. Lo que funciona se corrige, no se destruye. En cambio ahora se termina pagando casi el doble a empresas de afuera. Creo que es hora de que al pueblo le expliquen bien qué está pasando.
Diego, que seguía peleando para mantener vivas las brasas del carbón, levantó la vista.
—Los negociados existieron siempre, pero eso no puede seguir. No somos tontos. No llegamos a fin de mes y encima derrochan los recursos que salen del esfuerzo de todos. Basta de que siempre pague el pueblo.
Federico volvió al ataque con su habitual verborragia.
—Es lamentable que algunos dirigentes, a quienes se les confía la administración de los recursos públicos, crean que tienen libertad para despilfarrarlos o, peor aún, para quedarse con una parte. Esto no empezó ayer, lo sabemos todos. Pero también sabemos que la paciencia tiene un límite. El año próximo hay elecciones y la sociedad pasa factura.
Uno de los históricos apoyó el vaso sobre la mesa y recordó en voz baja:
—Parece que algunos ya se olvidaron del 2001… cuando el grito era «que se vayan todos».
La noche fue bajando la temperatura del quincho, aunque no la de la política. Entonces aparecieron los nombres de quienes podrían disputar la conducción del país: el pastor Gebel, Victoria Villarruel, Sergio Massa y Axel Kicillof. Nadie apostó por ninguno.
—Es demasiado temprano —sentenció uno de los presentes.
Hubo silencio. Después alguien cerró la charla con una frase que nadie discutió:
—La gente ya no busca discursos perfectos. Va a acompañar a quien le demuestre que puede cuidar al pueblo con hechos. El resto será apenas humo… como el que se pierde cuando las brasas se apagan.








