Llevamos semanas hablando de lo mismo y, sin embargo, seguimos sin encontrarnos. El conflicto entre el gobierno de Rogelio Frigerio y los docentes entrerrianos no es nuevo, pero hoy está más tenso que nunca. Y en el medio, como siempre, quedan las aulas, los chicos, los trabajadores de la educación y la credibilidad de la política.
Por Eugenio Jacquemain (*)
Los puntos centrales del desacuerdo son dos.
Primero, el proyecto de reforma jubilatoria que impulsa la provincia. Los docentes lo rechazan de lleno. No es capricho. Para el sector, la reforma significa jubilarse más tarde, con menos haber y con reglas que cambian a mitad del partido. Entienden que se ataca un derecho que costó décadas construir y que, además, se hace sin el diálogo real que un tema de esta magnitud exige. La disconformidad es fuerte porque sienten que el gobierno mira los números, pero no mira a las personas que durante 30 años estuvieron frente al pizarrón.
Segundo, la propuesta salarial. El gobierno ofreció un aumento. Los gremios lo rechazaron. ¿Por qué? Porque con la inflación actual, esa propuesta dejaría a los docentes casi un 20% por debajo. Veinte por ciento no es un número menor. Es alquiler, es comida, es remedios. Aceptar ese aumento es resignarse a perder poder adquisitivo mes a mes. Y eso, para un trabajador, es retroceder.
Frente a eso vinieron las medidas de fuerza. Y acá aparece otro problema: los números. El gobierno habla de un porcentaje de acatamiento bajo. Los sindicatos hablan de un acatamiento altísimo. ¿A quién le creemos? ¿A la escuela que vimos con las puertas cerradas?¿A los padres que no pudieron dejar a sus hijos?¿A los docentes que dieron clase? La verdad está en el medio y en cada localidad es distinta.
Pero hay algo que no podemos dejar pasar y que duele. Hay muchos docentes que estos días fueron a dar clase y no es porque no acompañen el reclamo. No es porque estén de acuerdo con el gobierno ni porque les parezca bien la propuesta. Van porque saben lo que significa un descuento en el sueldo. Porque un día sin trabajar, en una provincia donde los salarios ya vienen atrasados, es la diferencia entre llegar o no llegar a fin de mes.
Cuestionar o poner del lado del gobierno al docente que no hace paro, es tan injusto como ignorar el reclamo del que sí lo hace. Ambos están diciendo lo mismo: no alcanza. Uno lo grita en la calle. El otro lo sostiene en silencio, dentro del aula, y en el hogar, haciendo malabares con su economía.
Gobernador Frigerio, sindicatos: este conflicto no se gana por puntos. No se gana demostrando quién tiene más fuerza en una marcha o quién descuenta mejor. Se gana recuperando la confianza. Y la confianza se recupera con dos cosas que hoy faltan: previsibilidad y respeto.
Previsibilidad salarial. Nadie puede planificar su vida perdiendo 20% cada vez que hay una propuesta. El docente necesita saber que su sueldo le va a ganar, al menos, a la inflación.
Y respeto institucional. Una reforma jubilatoria no se impone. Se discute. Se explica. Se consensúa. Porque estamos hablando del presente y futuro de quienes educaron a las generaciones que hoy gobiernan.
Entre Ríos no puede darse el lujo de tener a sus docentes enojados y a su gobierno a la defensiva. Necesitamos a los chicos en las aulas, sí. Pero también necesitamos docentes que puedan vivir dignamente de su trabajo y jubilarse con tranquilidad.
Ojalá esta semana sirva para bajar el tono y subir la propuesta. Porque si seguimos tirando de la cuerda, se corta. Y cuando se corta, los que pagan el precio son siempre los mismos: los alumnos, las familias, los trabajadores y el futuro de la provincia.
(*) Editorial de Fuera de Juego – Somos Entre Ríos del 13 julio 2026








