“La fiesta hay que pagarla”. Es la muletilla que repite el gobierno actual para justificar un ajuste que no distingue entre responsables y víctimas. Suena a orden, a disciplina, a adulto responsable que llega a limpiar el desorden ajeno. En el fondo es un mecanismo de impunidad: descarga el costo del desequilibrio sobre quienes nunca se sentaron en la mesa.
Porque la fiesta, cuando la hubo, no fue popular. Fue un circuito cerrado para una minoría con acceso privilegiado. Los que se enriquecieron con la bicicleta financiera, los que fugaron capitales con el dólar barato, los que ganaron con la obra pública direccionada, los que multiplicaron fortunas con la deuda y la especulación. Esa minoría concentró capital, se benefició de las políticas económicas de turno y se retiró a tiempo cuando el esquema hizo agua. Hoy guarda su patrimonio en moneda dura y mira desde afuera.
La mayoría no estuvo en ese salón. El asalariado que ve su sueldo licuado mes a mes no pidió la emisión. El jubilado que ve su haber caer en términos reales no tomó deuda. El monotributista que cierra su negocio no fijó el tipo de cambio. El estudiante que pierde la beca no diseñó el presupuesto. Sin embargo, son ellos los que hoy pagan la cuenta.
El ajuste que impulsa el gobierno actual se disfraza de corrección técnica, pero es profundamente regresivo. Corta gasto social, paraliza obra pública, desregula tarifas, abre importaciones y desmantela el Estado bajo el argumento de que hay que “pagar la fiesta del gobierno anterior”. Es una excusa cómoda. Como si toda la sociedad hubiera sido parte del festín cuando en realidad una parte ínfima se tomó el vino caro y dejó la botella vacía.
El problema es la asimetría. Las ganancias se privatizaron, las pérdidas se socializan. Los sectores que concentraron renta durante años no aportan ahora. No hay impuesto a las grandes fortunas, no hay revisión de los contratos ventajosos, no hay control sobre la fuga de capitales. En cambio, el ajuste cae sobre el consumo, sobre el salario, sobre la salud, sobre la educación pública. Sobre el que no especuló, sino que trabajó.
Las políticas liberales de hoy no reparan el daño: lo profundizan. Reducen el Estado, no para hacerlo más eficiente, sino para dejar el terreno libre al mercado concentrado. Liberan precios, pero no liberan salarios. Abren la economía, pero sin proteger la producción nacional. Achican el gasto, pero no achican los privilegios.
Mientras eso no cambie, “la fiesta hay que pagarla” es un eufemismo cruel. Es decirle a quien nunca bailó que se haga cargo de los platos rotos, mientras los que se tomaron el vino, siguen brindando hoy.
La verdadera responsabilidad fiscal no empieza por el recorte a los que menos tienen. Empieza por gravar a quienes más ganaron y por transparentar quién se benefició del desbalance. Sin eso, cada ajuste es una transferencia más de los muchos que no bailaron a los pocos que sí. Y así, la democracia se va vaciando de muchas cosas y llenando de desigualdad.
Editorial Fuera de Juego – Somos Entre Ríos lunes 11 de mayo








