Nunca he traficado con teorías conspirativas sobre Donald Trump y Rusia. Nunca pensé que fuera un activo ruso ni que Vladimir Putin tuviera algún tipo de influencia financiera sobre él o videos sexuales para chantajearlo. Siempre creí que era algo mucho peor: que Trump, en lo más profundo de su corazón y de su alma, simplemente no comparte los valores de todos los demás presidentes estadounidenses desde la Segunda Guerra Mundial en lo que respecta a cuál debería ser y debe ser el papel de Estados Unidos en el mundo.
Por Thomas L. Friedman para New York Times
Traducción y adaptación por German Andres Nobile
Siempre he creído que Trump tiene un sistema de valores completamente deformado, que no está arraigado en ninguno de nuestros documentos fundacionales, sino que favorece a cualquier líder que sea fuerte, sin importar lo que haga con ese poder; a cualquier líder que sea rico y que, por lo tanto, pueda enriquecer a Trump, sin importar lo que haga con ese dinero o cómo lo haya obtenido; y a cualquier líder que lo adule, sin importar cuán obviamente falsa sea esa adulación.
Mientras Putin, el dictador, cumpliera mejor con todos esos requisitos que el líder democrático de Ucrania, Trump lo trató como a un amigo —que se condenen los intereses y valores estadounidenses. Putin ni siquiera tuvo que esforzarse para convertir a Trump en su tonto útil.
Por todas esas razones, Trump es el presidente más antiestadounidense de nuestra historia. Eso fue evidente desde el día en que Trump atacó al senador John McCain, un auténtico héroe de guerra y patriota estadounidense, por haber sido derribado en combate y hecho prisionero. ¿Qué tipo de estadounidense denigraría a McCain, que estuvo cautivo durante más de cinco años en un campo de prisioneros norvietnamita tras rechazar una liberación anticipada, sabiendo que eso sería usado como propaganda? Ningún estadounidense que yo conozca.
Los peores impulsos antiestadounidenses de Trump y su pereza intelectual estuvieron contenidos durante su primer mandato en la Casa Blanca por un grupo de asesores serios. Esta vez, no hay nadie que los contenga. Se ha rodeado de aduladores. Así que Trump ahora básicamente dirige nuestro país de la misma manera en que dirigía sus empresas: como un espectáculo unipersonal, libre de hacer acuerdos desastrosos.
Ese estilo de gestión llevó a seis declaraciones de bancarrota por parte de sus empresas. Lamentablemente, hoy todos nosotros somos sus accionistas, y temo que vaya a llevarnos a la quiebra como nación —seguramente en lo moral, y tal vez algún día también en lo financiero y lo político.
El comportamiento de Trump se ha vuelto tan imprudente, tan egocéntrico, tan obviamente contrario a los intereses estadounidenses —tal como incluso los republicanos los han definido desde hace tiempo, ni hablar de los demócratas— que la pregunta es inevitable: ¿está Estados Unidos gobernado ahora por un rey loco?
¿Qué presidente estadounidense escribiría jamás el texto que Trump le escribió el domingo al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Store afirmando que una de las razones por las que impulsa la adquisición de Groenlandia es que no recibió el Premio Nobel de la Paz? Escribió:
“Considerando que su país decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras, Además , ya no siento la obligación de pensar puramente en la paz, aunque siempre será predominante, sino que ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos de América”.
Leé esas palabras lentamente. No gritan “Estados Unidos primero”. Gritan “yo primero”. Gritan: “Yo, Donald Trump, estoy dispuesto a apoderarme de Groenlandia, al precio de romper la alianza de la OTAN de casi 77 años de antigüedad, porque el Comité Nobel no ME dio su premio de la paz el año pasado”, ignorando el hecho de que el gobierno noruego no controla la concesión del premio.
Una cosa sería que Trump dijera que está dispuesto a romper la OTAN por una cuestión de principios geopolíticos que afecte la seguridad del pueblo estadounidense. No puedo imaginar cuál sería esa cuestión, pero al menos podría imaginar la posibilidad. Lo que me resulta inconcebible es un presidente estadounidense tan obsesionado con ganar un Premio Nobel de la Paz para alimentar su ego y superar a su predecesor —además de igualar a Barack Obama, quien ganó el premio en 2009— que estaría dispuesto a destruir toda la alianza de la OTAN y el sistema comercial con Europa porque no lo obtuvo.
Intento imaginar una escena en la que Trump dictara esa nota a un asistente, sin ninguna vergüenza, y esa persona la enviara a los noruegos —presumiblemente sin que nadie en la jerarquía de la Casa Blanca la detuviera, sin que nadie dijera: “Señor Presidente, ¿está loco? No puede anteponer su ambición personal por un Premio Nobel a toda la alianza atlántica”.
Pero Trump puede hacerlo, porque obviamente asigna poco o ningún valor a la sangre, el dinero y la energía que generaciones de soldados, diplomáticos y presidentes estadounidenses antes que él sacrificaron para construir esa alianza duradera con nuestros socios europeos.
Déjenme decirlo en términos que Trump debería entender: si Estados Unidos fuera una empresa, se diría que una generación de trabajadores, ejecutivos e inversores estadounidenses construyó la corporación más exitosa, rentable e influyente de la historia del mundo: la alianza atlántica/OTAN, forjada de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Con una inversión relativamente pequeña en la Europa de posguerra, conocida como el Plan Marshall, creamos un socio comercial saludable que ayudó a hacer tanto a Estados Unidos como a Europa más ricos que nunca; ayudamos a transformar a Europa de un continente conocido por guerras nacionalistas, étnicas y religiosas en el mayor centro de mercados libres, personas libres y Estado de derecho del mundo, dándonos un poderoso compañero democrático para ayudar a estabilizar el mundo y contener a Rusia durante los últimos tres cuartos de siglo.
Es cierto que Europa enfrenta desafíos enormes, desde la migración descontrolada hasta la sobrerregulación y el ascenso de partidos de extrema derecha. Y sí, a menudo responde con indecisión. Y sí, existen preocupaciones legítimas de seguridad en el Ártico. Pero generaciones de estadistas y presidentes estadounidenses entendieron la importancia fundamental del pacto entre Estados Unidos y Europa y jamás siquiera contemplarían sacrificarlo por quién tiene soberanía sobre Groenlandia.
Es tan evidente que solo un narcisista patológico que insiste en poner su nombre en todo —desde el Centro Kennedy de otros hasta el Premio Nobel de la Paz de otros— arriesgaría todo lo anterior para apoderarse de Groenlandia, especialmente si se considera que ya tenemos derecho a operar bases en Groenlandia y a desplegar allí tropas y misiles avanzados. También tenemos derecho a invertir en la extracción de sus minerales.
Si Estados Unidos fuera realmente una empresa, el directorio habría respondido a un comportamiento como el de Trump anunciando una “intervención” con el director ejecutivo.
Lamentablemente, el directorio de Estados Unidos, el Congreso estadounidense liderado por los republicanos, se ha auto-neutralizado por completo. Y así, ahora nosotros, el pueblo, los accionistas, estamos a punto de quedarnos con la factura.
Mientras tanto, los competidores de América S.A. simplemente no pueden creer su suerte. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tanto Rusia como China entendieron la única gran cosa que Trump no entiende: la ventaja competitiva de Estados Unidos. Mientras Rusia y China solo tenían vasallos a los que podían ordenar y presionar para que se unieran a ellas en cualquier competencia geopolítica o geoeconómica con Estados Unidos, Estados Unidos tenía un arma secreta a la vista de todos: aliados que compartían nuestros valores y estaban dispuestos a hacer cosas difíciles, como enviar a sus soldados a luchar y morir en nuestras guerras en Irak y Afganistán. Uno de ellos fue Dinamarca, que tiene soberanía sobre Groenlandia.
Rusia y China soñaban con que algún día ocurriera algo que hiciera que Estados Unidos perdiera a sus aliados y que la OTAN se fracturara. Sin aliados económicos, Estados Unidos nunca podría ser tan influyente en las negociaciones comerciales con China, y sin el poder militar estadounidense, a la OTAN le resultaría muy difícil impedir que Rusia retomara partes de Europa Central y Oriental que perdió tras la caída del Muro de Berlín.
Y un día, sus sueños se hicieron realidad. El pueblo estadounidense eligió a un hombre que, diga lo que diga, nos está llevando a un futuro que no es de “Estados Unidos primero”, sino de “Estados Unidos solo” y “yo primero”.








