jueves, abril 2, 2026

Sueño olímpico

Sueño olímpico
Orilla y Media TV

Faltaba un mes para el final del cuatrimestre. El profesor da las consignas del trabajo final y fue claro “Les doy un deporte olímpico no tradicional, necesito se metan en el, lo practiquen, quiero un trabajo desde adentro” y vino el sorteo. No me he caracterizado por tener mucha suerte a lo largo de mi vida, pero esta vez tenía que darse. Y se dio, se dio lo de siempre, me había tocado patín artístico.

Mi mente empezó a planificar el trabajo “olímpico,” quedaba poco más de un mes hasta la fecha de entrega. El profesor era accesible así que me animé a pedirle que me lo cambiara. Su respuesta fue una sonrisa que lo dijo todo. Parecía disfrutar el momento hasta con crueldad, si no lo conociera diría que había acomodado el sorteo solo para regocijarse. El resto de la clase sonreía, algunos por lo bajo y otros abiertamente, mis compañeros de grupo parecían gritarme un gol en la cara, solo que, entre carcajada y carajada se escuchaba claramente “patín artístico”.

Ya imaginaba mi excesiva masa corpórea sobre unos pares de ruedas practicando patín olímpico, al compás de la música clásica, realizando fintas sobre el cemento. Rápidamente me puse a investigar donde se practicaba ese deporte olímpico, surgieron varios clubes e incluso un par de gimnasios locales. Evalué las distintas propuestas, incluso puse en balanza la cantidad de asistentes a las prácticas, no olvidaba que tendría que domar esos pequeños trozos de metal y cuero colocados sobre pequeños monstruos circulares que me guiarían hacia cualquier lado.

Comencé el derrotero para acercarme a un club donde conocía parte de la dirigencia y se practicaba la actividad. Un amigo, encargado de las relaciones públicas del club elegido, Unión del Este, tuvo la misma reacción que mis compañeros de facultad, reírse. Se estaba tornando preocupante.

Un miércoles nos acercamos al sur de la ciudad, precisamente a la sede social del club. Allí, en la que antiguamente era la canchita de hockey, se practica el patín artístico similar al olímpico. Raúl, el dirigente amigo, me acompañó hasta allí, le dije que era importante la charla con la entrenadora pero que no podía permanecer porque yo me ponía nervioso cuando entrevistaba. La realidad era otra, no quería testigos de lo que momentos después sucedería.

En ese momento veo a la instructora dando indicaciones a cinco o seis niñas de corta edad que giraban a su alrededor, Raúl la llama, cuando se acerca me presenta y luego se retira para que yo pueda hacer mi trabajo.

Ely estaba sorprendida, según ella pocas veces la gente se interesa por el patín artístico olímpico, si bien es una ciudad donde cotidianamente vemos chichas y chicos sobre ruedas, ya sea patines o skate, esta especialidad olímpica no es común.

La entrenadora era una mujer de unos treinta años, pelo no muy largo pero que cubre perfectamente su cuello, ojos grandes y marrones. Su altura es intermedia entre alta y baja, a vuelo de pájaro calculo un metro sesenta o un poco más quizás. Viste una calza negra, con una campera deportiva entreabierta oscura que, apenas alcanza a cubrir una remera roja con diferentes frases y palabras de color blanco al frente.

La charla es animada, me cuenta su experiencia en el patín artístico olímpico, las ideas que tiene como instructora, algunas competencias pero sobre todo lo que representa para ella esa actividad.

Pasado un rato de la charla comienza ella a interrogarme sobre la carrera y el porqué estaba yo allí. Los roles se habían invertido, la verdad era muy inquisidora, bien podría pasar por una periodista de algún canal televisivo porteño.

Todo iba bien hasta que llegó el momento, tuve que decirle lo que debía cumplir como parte de la entrevista, practicar patín olímpico.

Su locuacidad inicial pareció mutar bruscamente a un cruel silencio. Un pequeño gesto del lado derecho de su cara denotaba el esfuerzo por contener una incipiente sonrisa. Me equivoqué, no era una sonrisa. El sonido ensordecedor me hizo correrme un par de centímetros hacia atrás. Logré percibir que un par de sus alumnas cayeron sentadas en el medio de la pista asustadas por el agudo sonido de la carcajada.

Luego de pasado el fugaz momento que para mí pareció de horas, recuperamos la conversación. Ely no podía creer dos cosas, una el pedido que me habían realizado desde la cátedra sobre el deporte olímpico y la otra que yo me animara a hacerlo.

Ya tenía suficientes datos para mi crónica literaria, tenia que pasar a la segunda etapa, la más difícil. La primera pregunta que me hacía era la relación que tenía, el hacer una nota con practicar ese deporte. És cierto, me resultaba fácil escribir de fútbol, tenis, paddle e incluso basket, deportes que había practicado, mi dificultad radicaba en aquellos que muy pocas veces había visto o que nunca había jugado. Sin querer, allí encontré la respuesta, justamente por ello tenía que ponerme patines, para ver “que se siente”.

Llegó el momento, debía calzarme ¿así se dice? los patines. Silla mediante tomé la medida exacta de mi pie, había unos adaptables a mis zapatillas, se me ocurrió estaban allí para la sucesiva presencia de aprendices de periodistas que los necesitaran.

Ajustados, listo para usar. “Tomate de la silla y trata de mantener el equilibrio, no avances” fueron las palabras de Ely. Y ahí me paré, bueno, “me paré” estuvo más cerca de ser una expresión de deseos que una realidad. Toda mi humanidad se desplomó sobre las sillas, eran dos juntas y resistentes, evidentemente muy resistentes. Pero ese grupo de alocadas rueditas que cobraron vida ni bien me puse por encima no me iban a vencer. Lo volví a intentar, nuevamente las sillas me recibieron y así una y otra vez, con una sola excepción, en una fui directo al piso.

A esa altura de la noche y de mis dolores, ya no sabía si la consigna del profesor era “de 80 a 120 líneas” o de “80 a 120 golpes” así que busqué dentro mío esa mezcla de orgullo y tozudez que tenemos los descendientes de vascos franceses y resolví el problema, no lo intentaría mas, contaría en clase, amigos y al profesor que me solo sentí el golpe del viento por la velocidad que había logrado, que fui tentado para continuar practicando, que fui felicitado por la entrenadora, total, no se iban a enterar de mí no-hazaña.

No sé cuánto tiempo podré guardar dentro mío la verdadera historia sin contarla, no sé si algunos de los coprotagonistas no lo han hecho, pero la verdad, aún sin poder superar el obstáculo de diez centímetros más allá de la silla, me sentí un olímpico, aunque solo haya sido por minutos.

Orilla y Media TV